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Las víctimas sobre el verdugo

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Las víctimas sobre el verdugo

16/10/2018
Actualización 16/10/2018 - 10:54
columnista
Javier Risco
La Nota Dura

Ayer, el periodista León Krauze publicó una columna en el diario El Universal, titulada “El monstruo es uno de nosotros”, donde señalaba que no estaba de acuerdo con la decisión de mi compañera Gabriela Warkentin, Daniel Moreno y mía, en NO hacer público en los espacios informativos donde somos responsables el video de Juan Carlos N, donde hacía su declaración ante las autoridades del Estado de México de por qué presuntamente había matado a casi una decena de mujeres.

No dudo que el mal llamado “monstruo” sea uno de nosotros, que sea un botón de muestra de cómo una serie de circunstancias desembocan en violencia. Juan Carlos es uno de nosotros, sí. Lo es porque creció, se desarrolló y presuntamente mató en nuestra sociedad, de eso no hay discusión. Y comparto la idea que expone León Krauze, de que, a través del periodismo de investigación, este caso podría mostrarnos un poco de quiénes somos y cómo llegamos a estos actos, que suceden en la casa de a lado sin que nos demos cuenta. Sin embargo, las razones por las que esa declaración filtrada no fue transmitida en los espacios en los que participo, están motivadas por otras circunstancias. Intentaré explicarme.

Si en Así las Cosas, de W Radio, no replicamos estas declaraciones, es una decisión fundada en algo que va más allá de una valoración del aporte periodístico de las mismas. Comparar el evidenciar en este momento del proceso las revelaciones de Juan Carlos con el trabajo de Truman Capote o de Asne Seierstad, es dejar de lado varias consideraciones. Uno: difundir ese video cuando aún ni siquiera se había imputado oficialmente un delito, es una violación al debido proceso al que todos tienen derecho, no porque se deba ‘defender’ o ‘justificar’ o ‘cuidar’ a un personaje capaz de las atrocidades de las que dice ser capaz, sino porque es la forma de garantizar un sistema de justicia eficiente para TODOS. Saltarnos las reglas en los casos que nos parezcan justos para exhibir, es admitir que cada uno puede saltárselas como convenga. ¿De verdad justifica que hoy veamos ese video, aun sabiendo que eso podría dejarlo en libertad afectando un proceso judicial?

Estoy seguro que su voz definitivamente puede servir para entender una parte del fenómeno violento que lleva por lo menos dos sexenios azotando al Estado de México, pero hemos hecho una valoración multifactorial para no convertirnos en un altavoz. Eso me lleva al segundo punto: no podemos permitir que su voz opaque la de las víctimas, que el morbo supere la exigencia de justicia y mucho menos afectar un proceso judicial. Hablar de quién es él, es vital para entender, pero habría que estar hablando de ellas, quiénes eran, qué vidas arrancó de golpe. Saber cómo llegó a ellas y cómo llegaron ellas a él también es parte de entender por qué eso sigue ocurriéndonos. Ese video dio la vuelta y hoy todos saben quién es Juan Carlos. ¿Pero sabemos quién era Arlet, Evelyn, Noemí o Luz del Carmen? ¿Nos hemos detenido a pensar cómo es la vida de las víctimas que las lleva a ser propensas a esas redes de violencia? Ese también es un punto de partida para una investigación periodística.

La filtración del video en este momento procesal podría formar parte de la defensa del inculpado y, tras una buena defensa, ser un factor que podría determinar su liberación.

Los testimonios atroces reproducidos en el video revictimizan a las mujeres que han sufrido la violencia en sus diferentes manifestaciones. Conocer los actos de violencia extrema descritos en el video, exponen a cientos de mujeres desaparecidas y pone en una situación de vulnerabilidad a los miles de familiares que las buscan cada día.

Tercero, el nivel de violencia desbordada en el que estamos en el país nos ha llevado a normalizar el lenguaje de la muerte: mutilar, destazar, disolver, asesinar, ultimar, secuestrar, levantar y cientos más. Nos hemos convertido en medios que reproducen el terror, no negamos su existencia, sin embargo, suscribo cada palabra publicada en el tuit de mi colega Gabriela Warkentin: “creemos que los medios debemos bajarle a la expansión del miedo. Informar, sí. Pánico social, no”.

Por último, es importante dejar claro que el haber decidido no reproducir su declaración no significó que hayamos censurado el tema, al contrario, en los últimos días hemos tenido la oportunidad de hablar con mujeres al frente de diferentes colectivos que buscan a sus desaparecidas y que se manifestaron en las calles del Estado de México exigiendo el regreso a casa de sus hijas, nietas, hermanas y madres. También hemos buscado la voz de las autoridades, la del fiscal del Edomex, Alejandro Gómez Sánchez; del gobernador Alfredo del Mazo, incluso del exgobernador Eruviel Ávila, quienes no han querido dar la cara. Pero para nosotros era importante que el altavoz lo tuvieran las víctimas, no el verdugo. Entendemos el problema como un fenómeno y creemos que debe hacerse periodismo al respecto. Con respeto a los derechos humanos y judiciales. Con investigación, con más testimonios. Quizá una clave esté en acudir, por ejemplo, a las audiencias públicas del caso para tener acceso a los detalles. Hoy el sistema acusatorio oral lo permite. Ese es un camino para documentar lo que se requiera para, con más elementos, ahora sí, explicar, a través de este caso, un fenómeno de la violencia que sí, está entre nosotros.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.