La santa distancia
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La santa distancia

18/03/2020
Actualización 18/03/2020 - 13:11
columnista
Javier Risco
La Nota Dura

Se impuso la sana distancia y el sentido común.

El Gobierno de la Ciudad de México, la alcaldía Iztapalapa y el comité organizador de Semana Santa en esa demarcación acordaron suspender la procesión y la representación de la Pasión de Cristo en el Cerro de la Estrella, para evitar la concentración de personas debido a la contingencia por el Covid-19.

Desde inicios del siglo XIX se realiza esta conmemoración. En ese entonces, la población total de Iztapalapa era de apenas diez mil habitantes y estaba constituida por pueblos originarios de la zona. De acuerdo con el historiador Alfredo Ávila, era una procesión tradicional de Semana Santa como las que hay en todo el mundo católico; sin embargo, la epidemia que la volvió popular fue la de inicios de la década de los 30 de aquel siglo. La representación surgió como una promesa que hicieron en agradecimiento por la erradicación de esta enfermedad que fulminó a casi la mitad de los pobladores. Ahora, 180 años después, un virus ronda otra vez la zona.

Los preparativos llevan meses, el casting está compuesto de procesos complejos de selección que casi son hereditarios y la vestimenta y todos los aditamentos para la representación son confeccionados por familias que repiten la tradición desde hace décadas; nadie lo hace por dinero, nadie lo hace a la fuerza, los motiva la fe y una tradición que este año deberá esperar… al menos con público.

Hace algunos días el reportero Ulises León entrevistaba a Mauricio Luna Reyes, un joven de 19 años que se encargará de encarnar a Jesús este año: “Esta representación empezó por una epidemia, por agradecimiento a que la fe ayudó a que el pueblo se sanara. Por salvarlos, le prometieron al Señor de la Cuevita una procesión cada año (…) Eso refuerza esto, pero, aunque el coronavirus llegara a tomarse como epidemia, va a hacer que, con más razón, el pueblo de Iztapalapa salga a hacer su representación con fe a que todo esto pare”.

Ayer anunciaron que será en un lugar cerrado sin acceso al público, sólo ellos se enterarán de lo que hicieron y lo que dijeron. Una representación que atrae a un millón de espectadores cada año será privada. Hay varios temas aún a resolver: ¿cómo podrán hacer una representación con una cantidad de actores que no se vuelvan multitud? ¿De qué manera serán confinados todos a un espacio cerrado y cómo resolverán como si fuera Dogville, de Lars Von Trier, la escenografía ficticia? ¿Cómo evitarán las lágrimas y el sudor en una representación cuyo contacto físico es obligado? De lograrse el próximo 5 de abril, estaremos ante la muestra de fe más importante en casi dos siglos en Iztapalapa, decenas o tal vez cientos –ojalá no– de personas encerradas sin poder tocarse actuando una representación única en tiempos de sana distancia.

Todo parece indicar que el único a salvo después de un día de actuaciones memorables será Poncio Pilato; uno más deseará haber sido aquel que frente Mauricio Luna, alias Jesús, se pueda lavar las manos tranquilamente después de un día de trabajo, todo en nombre de Dios.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.