La palabra devaluada
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La palabra devaluada

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La palabra devaluada

04/03/2020
Actualización 04/03/2020 - 14:05
columnista
Javier Risco
La Nota Dura

30 millones de votos. Durante meses el argumento contra cualquier crítica al Ejecutivo se reducía a estas cuatro palabras. Cualquier decisión cabía en este argumento: “no puede cerrar las estancias infantiles”, la respuesta era inmediata “él sabe lo que hace, 30 millones de votos lo avalan”; “no basta con la Guardia Nacional, no hay una estrategia real para combatir el crimen organizado”, otra vez las mismas palabras, “lo eligieron 30 millones para que tome decisiones”; “hay un estancamiento económico, ahí están los datos”, y venía de nuevo “30 millones, aprobación de 78 por ciento, está luchando contra los intereses de décadas”. Hasta diciembre de 2019 el Presidente gozaba de una aprobación envidiable: 68 por ciento, no había importado el 'culiacanazo', no le había hecho nada la crisis del huachicol, y la crisis de los aranceles lo había dejado con la frente en alto, caminaba tranquilo.

2020 le ha presentado otra cara, muy distinta: crisis de abastecimiento en medicamentos; padres de niños con cáncer que repiten en cada consigna que su enemigo no es ni el gobierno, ni los partidos, sino la enfermedad de sus hijos; la inseguridad creciente; los feminicidios que le explotaron en su cara y no fue capaz de despeinarse, no le importaron; y de pronto una encuesta que lo deja debajo de 60 por ciento.

No es todo fatalismo, de acuerdo con la más reciente encuesta publicada por el diario Reforma, su figura, la imagen personal del mandatario, se mantiene como un valor intocable. López Obrador es visto como un personaje simpático, honesto, justo y que habla con la verdad, su cercanía no se mueve; 67 por ciento cree que es simpático, 60 por ciento cree que es justo, 58 por ciento lo cree honesto, 58 por ciento dice que es capaz para gobernar, 54 por ciento dice que gobierna para todos, 53 por ciento señala que habla con la verdad y, por último, 48 por ciento dice que une al país, insisto, su figura es lo que lo mantiene a flote, la gente cree en él, no tanto en su gobierno. ¿Esto es un pilar sólido? De acuerdo con Lorena Becerra, encuestadora del diario Reforma, no. La popularidad del Presidente se sostiene, básicamente, por su imagen personal y por las expectativas sobre su gobierno. Es decir, no se sostiene por resultados concretos sobre realidades actuales. La aprobación presidencial está basada en imagen personal y prospectivas, en el momento en que éstas se vean vulneradas, también la aprobación será dañada, ¿viene lo peor? No estamos para fatalismos, sino para temperaturas sociales, hoy la fotografía es de un desgaste de poder, el propio Ejecutivo lo aceptó, no dijo que tenía otros datos, no denostó al Reforma, no los acusó de vendidos, aceptó ese 59 por ciento y dio acuse de recibo.

El Presidente debe de escuchar las preocupaciones, aunque no ha acabado su luna de miel con el electorado que lo votó, su palabra se devalúa, hoy ya no vale lo mismo que hace un año y debe darse cuenta. Desde 1994 el diario Reforma hace la misma pregunta “¿Cuál es el principal problema que enfrenta el país hoy en día?”, en marzo de 2020 la gente respondió “la inseguridad” en un 70 por ciento, nunca se había registrado este número, ni en los tiempos de Calderón, ni en el sexenio de Peña Nieto, hoy la gente está harta, el acumulado desgasta.

El límite del Presidente es la opinión pública. El sentir ciudadano hoy está enfocado en salir a la calle tranquilo, en el temor por sus seres queridos, en llegar a fin de mes y en poder atajar un problema de salud inesperado. López Obrador no puede imponer su agenda cuando a sus ciudadanos los están matando, sus salarios no les alcanzan para cubrir la quincena o temen a cualquier enfermedad. Es el momento en el que tiene que rendir resultados o su carisma no podrá estirarse tan lejos.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.