La mala influencer
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La mala influencer

23/08/2019
Actualización 23/08/2019 - 12:31

Mal podría quejarme yo de la influencia que tienen las redes sociales en la vida actual y de cómo toman lugar en nuestras relaciones fuera de los marcos de una pantalla interactiva, pero cada vez es más habitual sorprenderme platicando con amigos de un meme que hemos visto en la semana o sobre un fenómeno viral de moda, y en lugar de enseñárnoslo, lo comentamos como si fuera un libro o una película.

Si tuviera que hablar con mi gente de estos perfiles de Instagram que encontré, sin duda lo haría como si se tratara de una película de acción. Pero no una buena película de acción, sino una de las de antes, de las ochenteras. Esas en las que el héroe (la heroína en este caso) era un veterano de alguna guerra y los malos eran siempre los rusos.

El perfil promete. En su bio se puede leer que es veterana del cuerpo médico militar de Estados Unidos, que es madre de un pequeño, que está casada y que es amante del fitness. En su foto de perfil se la ve haciendo un saludo militar con traje de campaña y al fondo, la inconfundible bandera a rayas de todas las películas de acción ochenteras.

Comienzo a recorrer su timeline. En la primera foto la vemos ya no como militar, ahora está con su bebé en los brazos y de fondo tiene unas bellas montañas. Tanto ella como el bebé están sonriendo. La segunda foto es de ella frente a un espejo, la típica foto para mostrar el outfit y el cuerpo estilizado de una influencer de fitness. La tercera es una foto de su bebé y en la cuarta la vemos en el gym. En la quinta todo cambia.

En la quinta, sólo se ve parte de su cadera y de su pierna, ella no es la protagonista de la foto, es una pistola. En su cadera, en una funda, hay una Glock 26 modelo pocket de 9 milímetros, una pistola que cabe en la palma de una mano y que según su perfil de Instagram te permite hacer todo tipo de actividades con ella al cinto.

A partir de la quinta foto la película es otra, aparece ella con rifles, con pistolas, con ametralladoras, con lanzagranadas, vestida de militar, hay clips en que la vemos disparando todo tipo de armas, la vemos en loops y en cámara lenta sonriendo en medio de una lluvia de casquillos.

Su nombre es Charissa y su IG es charissa_littlejohn. Tiene 395 mil seguidores y forma parte de la nueva estrategia de la industria armamentística para difundir sus novedades: usar mujeres influencers y burlar las restricciones publicitarias de las redes sociales. Así de simple, cada uno es dueño de publicar en su perfil lo que sea (mientras no se vean pezones) y dirigirlo al campo que quiera.

El problema es que en Estados Unidos hay 393 millones de armas por 326 millones de habitantes, más de 2 mil muertos cada año por fuego de civiles, más tiroteos masivos que en ninguna parte del mundo y allá es más fácil conseguir una arma que un Huevo Kinder.

Estas mujeres influencers no son las responsables, ser influencer es un trabajo más. Lo complejo es que al ver este tipo perfiles se lee también el espíritu de una industria que tiene muy bien identificado a sus consumidores y la forma de inyectarles la necesidad.

Es increíble cómo en los posts nunca son las influencers las que se refieren a las armas que usan, sino que son los propios usuarios en los comentarios los que complementan la información, ella sólo debe responder al ideal de consumo: ser bella, ser madre y amar a su país.

Te muestran la vida bella que tienen y cómo ellas están dispuestas a defenderla. Obviamente no te muestran al enemigo, ese debes ponerlo tú y casi siempre son los rusos.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.