La belleza, la felicidad y la moral
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La belleza, la felicidad y la moral

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La belleza, la felicidad y la moral

27/11/2018
Actualización 27/11/2018 - 12:19

El viernes pasado en el programa de televisión La Nota Dura, de El Financiero Bloomberg, invité al filósofo Víctor Isolino Doval a hablar de su tesis de maestría titulada 'Ciudad y Belleza'. En ella expone la importancia de la belleza en el espacio común –él prefiere llamarlo así antes que "espacio público"–, explora cómo lo bello cambia comportamientos, transforma conductas, y cómo de manera preocupante los gobiernos han priorizado el cemento, los puentes y las grandes avenidas sin detenerse un segundo a pensar si lo que están construyendo responde a una estética admirable. Esta discusión podría ser abstracta pero necesaria, ¿es la falta de belleza la causante de una ciudad colapsada?

En la Cumbre de Río+20, en 2012, el expresidente uruguayo José Mujica sacudió la mente de decenas de oyentes cuando en su intervención les dio la espalda a los discursos acartonados sobre política exterior y objetivos ambientales impresos en papel bond y decidió hablar de la felicidad: “El hombre no gobierna hoy las fuerzas que ha desatado, sino que las fuerzas que ha desatado gobiernan al hombre. Y la vida. Porque no venimos al planeta para desarrollarnos en términos generales. Venimos a la vida intentando ser felices. Porque la vida es corta y se nos va. Y ningún bien vale como la vida (…). Y uno se hace esta pregunta: ¿ese es el destino de la vida humana? El desarrollo no puede ser en contra de la felicidad. ¡Tiene que ser a favor de la felicidad humana, del amor, arriba de la tierra, de las relaciones humanas, de cuidar a los hijos, de tener amigos, de detener lo elemental! Precisamente, porque eso es el tesoro más importante que tiene. Cuando luchamos por el medio ambiente, el primer elemento del medio ambiente se llama la felicidad humana”. Nadie lo entendió, le aplaudieron, pero no le entendieron, la política no cambió, los países tampoco, el progreso material por encima de una sonrisa matutina.

He ahí dos ejemplos para detenernos, ¿cuánto nos importa la belleza y la felicidad? Discusiones que caben en la maestría de un filósofo y el discurso de un ser Humano (así con mayúsculas) que gobernó Uruguay, los traigo a este espacio porque me hicieron reflexionar sobre la convocatoria del equipo de transición sobre la creación de una constitución moral. Dice López Obrador: “Debemos demostrar que somos distintos a esos ambiciosos vulgares. Es un privilegio demostrar que hay una nueva forma de gobernar en el país, con honestidad y con amor al prójimo”. Por otra parte, Verónica Velasco Aranda, integrante de la comisión para la redacción de la constitución moral, aclaró que no se trata de una herramienta de carácter jurídico, señaló que no se instaurará un modelo autoritario, no será obligatoria ni se incidirá en la vida privada de la gente, ni siquiera serán mandamientos. No se equivoca López Obrador al decir que les toca demostrar que son distintos, pero eso no lo hace un documento, lo hacen acciones de gobiernos encaminadas a evitar la impunidad y combatir la corrupción. La reflexión sobre un gobierno que sienta sus bases en “no decir mentiras” y “en crear una guía de valores”, cabe de forma tangencial pero no como política de Estado.

El periodista que tiene la memoria mejor aceitada en este país se llama Luis Hernández Navarro. El 28 de agosto escribió en La Jornada una columna impecable dedicada a esta constitución moral. La calificó de absurda, ¿por qué? “Llamar constitución a lo que no es una constitución es un absurdo. Es como llamarle perro a un gato. La Constitución –afirma Alfonso Reyes en la Cartilla moral– es la ley de todas las demás leyes. Y las leyes están para cumplirse. Son de observancia obligatoria. No existe una legislación que no sea coercitiva. La moral y las leyes son cosas distintas. Como señala Luis Gómez Romero, estamos obligados a acatar el derecho, pero no a ser buenos. En nuestro corazón sólo manda la conciencia”.

Es cierto, el Estado no puede elaborar un tratado de ética o trazar lineamientos morales, estamos hablando de una ocurrencia absurda dada su proporción, la formación de una “constitución” es exagerada; sin embargo, poner en la agenda temas como la belleza, la felicidad o lo moral no me parece que deba escapar del debate; con demostraciones claras y poniendo en el diálogo público estas preguntas que podrían parecer abstractas, se puede caminar a una ruta inexplorada. Discutamos sobre esto, guardemos dimensiones y esperemos resultados distintos.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.