El de los ardientísimos besos
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El de los ardientísimos besos

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El de los ardientísimos besos

25/01/2019
Actualización 25/01/2019 - 14:19

Crecimos memorizando sus nombres y repetimos hasta aprendernos qué es lo que hicieron, dónde nacieron y cómo murieron.

Los padres de la patria, nuestros próceres, nuestros héroes y esos grandes personajes viven en nuestra memoria en un rincón del que pocas veces salen. Nombran una calle, una avenida o una colonia, pero lo cierto es que desde que aparecieron en ese examen de primaria o secundaria, ahí se quedaron guardados.

Hay uno de estos grandes personajes que ha sido noticia más allá de su era: Francisco I. Madero.

El primer vuelco sorpresivo de Madero fue el año 2006, a casi cien años de su asesinato, cuando se dieron a conocer su fe de bautismo y su acta de nacimiento, en las que se leía claramente que esa “I” entre Francisco y Madero, no era del rebuscado nombre Indalecio como habíamos memorizado todos desde siempre, sino que era simplemente de Ignacio (Imagino que debe haber una buena cantidad de Indalecios que desde ese día se sienten traicionados por la historia).

Esta semana nos topamos con un segundo vuelco, con otra sorpresa guardada por el tiempo acerca del antirreeleccionista y que nos muestra una cara desconocida y que ningún profesor de historia pudo poner en ningún examen.

La Casa Morton subastó en cerca de cuarenta mil pesos, dos cartas escritas, firmadas y membretadas por el propio Madero en diciembre de 1902. La cosa es que no son cartas comunes, no, son cartas dirigidas a Sarita Pérez Romero, quien apenas un mes después de este intercambio epistolar, se convertiría en su esposa y diez años después, en su viuda.

Son cartas de amor escritas en circunstancias de un flechazo inesperado: es diciembre y ambos están separados y pasarán las fiestas cada uno por su lado, él en Coahuila y ella con su familia. Cada una de las páginas está llena de ternura. Una ternura rayana en la cursilería, pero que filtra en cada palabra el deseo de hacerle entender a ella cuánto la quiere y cuánto le gustaría que estuviera con él. Lo imagino escribiendo con las dos manos, cargando la pluma con fuerza para que las palabras se fijen al papel para siempre. Lo consiguió.

En la primera, el escritor del Plan de San Luis –mostrando otra faceta de su pluma–, toca tres temas con Sarita: Primero, le recrimina el no haber recibido una carta de ella ni el día anterior ni esa misma mañana, se deduce, por tanto, que nuestro héroe fue al correo dos veces en vano. Segundo, Francisco trata el asunto de la tía abusiva que hace trabajar de más a Sarita obligándola a hacer “cosas que no te corresponden, como atar los bultos y otros quehaceres tan pesados” o “maltratarte comiendo tarde como si fueras su ama de llaves”. Madero aprovecha este punto para aclarar que eso va a cambiar radicalmente en cuanto se casen. Tercero, le cuenta cómo avanzan los trabajos en la casa que está construyendo para ambos y aprovecha para informarle que los albañiles no van al ritmo deseado y que seguramente no terminarán en el plazo que le dijeron. Entiendo su frustración, me ha pasado.

Lo que más me llama la atención es que casi al despedirse Madero escribe: “Ojalá y reciba mañana una carta larga de tu parte”, lo que me hace imaginar que tal vez Sarita no era muy dada a la correspondencia y más de alguna vez le devolvió escuetas responsivas con monosílabos.

La segunda carta es más corta y en ella Madero habla de tres mandados sin importancia que llevó a cabo ese día y vuelve a informarle de los avances de la casa, puntualmente del mosaico que compró “para el pasillo que da al corredor”.

Termina la carta reiterando lo ansioso que está de verla, por fin, en menos de un mes.

Ambas cartas terminan de la misma tierna manera, con él enviando “ardientísimos besos”.

A partir de ahora para mí será así:

¿Quién dijo reelección no, ardientísimos besos, sí? Alternativa correcta, Francisco Madero.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.