El culto al ego
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El culto al ego

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El culto al ego

07/03/2019
Actualización 07/03/2019 - 13:08
columnista
Javier Risco
La Nota Dura

Las notas periodísticas en otros sexenios eran obscenas. Se comportaban como virreyes, ¿acaso no recuerdan las crónicas de color de medios locales sobre los Informes de Gobierno? Una docena de camionetas suburban blindadas llegaban al auditorio más grande de la capital del estado. Las comitivas formadas en la puerta del lugar regañaban a los medios, a los floristas, a los fotógrafos y a la gente que se atrevía a ir al baño mientras el gobernador estaba a punto de cruzar la puerta.

Bajaban los secretarios, sonrientes, cumpliendo el protocolo, sabiendo que venían dos horas de aplausos y caminaban presurosos a la primera fila del auditorio. Treinta y cinco minutos después de la hora citada, llegaba la suburban blanca con dos patrullas al frente y tres Tahoe atrás: había llegado el gobernador.

El conjunto de música local empezaba su mejor repertorio, los niños que llevaban dos horas esperando eran colocados en la puerta y tenían la titánica labor de entregarle al gobernador y a su esposa dos ramos de flores; los canapés dejaban de servirse, la alfombra estaba limpia. “Desde que baje de la camioneta, aplausos, por favor”, gritaba su particular. Caminaba sonriente, el discurso ya estaba en el prompter; el Ejecutivo había mandado al secretario de Gobernación, 16 gobernadores habían llegado en sus helicópteros y la fiesta apenas comenzaba. Al entrar al auditorio los aplausos eran ensordecedores, le tocaban 50 minutos de selfies, y a la primera y segunda fila las tenía que saludar completas. “Gran trabajo, señor gobernador”; “está hecho para la grande, es mi gallo”; “¿cómo fue que arreglaste este estado?”; “¿ya te viste en la silla, verdad?; “¡es un chingón, señor gobernador!”. Lo escuchaban hasta que los dejaba ciegos. Eso eran, los chingones, los que iban directo a Los Pinos, los elegidos del sistema.

Por fin llegaban al estrado, seis minutos más de aplausos, respiraban profundo, tomaban agua Fiji junto a los papeles y comenzaban su discurso; sabían que cada pausa era una porra. Al final, el deber cumplido, otro Informe de Gobierno de acuerdo con el libreto, sin fallas, sin contratiempos. ¡Viva la democracia mexicana!

Así eran sus burbujas, máquinas de ego bien aceitadas. Eran todopoderosos sin oposición ni contrapesos, sin preocupaciones ni límites, sin regaños ni abucheos.

Hoy se muestran extrañados. ¿Cómo fue que todo cambió? ¿Por qué cuando yo era invitado a los eventos del presidente y del gobernador, nunca nadie abucheaba a los presentes? ¿Qué tipo de protocolo de quejas es este? Esto no se puede quedar así.

La 'polémica' de los últimos días sobre el maltrato a los gobernadores en los eventos con el presidente me parece sólo una añoranza al culto al ego. Nada más. ¿Cómo es que en mi estado, en mi evento, en mi inauguración me abucheen? ¿Cómo? A los gobernadores les resulta más lógico explicarse esta 'anomalía' como una estrategia presidencial contra ellos, que varios sexenios de impunidad y cinismo en el poder. Su reclamo es menospreciar a sus propios gobernados, incapaces de darse cuenta del bien que ellos le han hecho al estado.

¿Sería imposible una época de autocrítica en la que los gobernadores entiendan esos reclamos como la gran deuda que tienen con ciudadanos, que hasta ahora se sienten libres de reclamar los rezagos sociales de sus regiones? No sólo se acabó la época del culto al ego, sino la del eutoengaño de pensar que su virreinato de décadas era real.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.