Del césped al alma
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Del césped al alma

08/03/2019
columnista
Javier Risco
La Nota Dura

Hace poco me tocó ese fatídico fin de semana que muchos esquivamos, en el que debemos poner orden en esa caverna oscura en la que viven los adornos de Navidad, al lugar donde está esa caja de videocasetes y CD’s inservibles, en el que duermen (nuevos) los aparatos de ejercicio que alguna vez te regalaron y, cada vez más dobladas, las fotos de la primaria y los pósteres que descolgaste, al menos, hace una década. Ese temido día en el que toca hacer la dolorosa revisión de aquellas cosas que has ido guardando y que para ti (y sólo para ti) no son basura. Tengo cajas que llevan cerradas al menos tres mudanzas y que seguramente me acompañarán así durante muchas más.

En una de esas cajas apareció un viejo recorte de una foto del diario Reforma. En el centro, aparece un futbolista famoso de los años noventa, a su lado estoy yo con mi playera del Necaxa junto a otros niños, bajo la foto se lee: El defensor Eduardo Vilches, firmando autógrafos a jóvenes seguidores de los rayos. Estoy casi seguro que, de los niños que aparecemos en la foto, el único seguidor de los rayos era yo y los otros eran oportunistas que buscaban la foto junto al defensa del equipo campeón y sensación del momento (qué tiempos aquellos).

Encontrar esa foto me llevó directamente a aquel día, a revivir la emoción infantil de estar junto a uno de mis ídolos. Una emoción, una sensación tan especial y única que, pensándolo bien, sólo me ha producido el futbol.

El futbol para mí (y para mucha gente que conozco) es un escondite, un rincón en el que viven mis sueños de niño, las tardes con mi abuelo, la ilusión intacta de cuando se acerca un Mundial, la frustración y el llanto (también intacto) de una eliminación de México. Porque cada cuatro años el que compra el Panini y lo llena, no soy yo, es ese que sale en el recorte del diario junto al defensa chileno del Necaxa de los noventa.

El futbol, ese cada vez más innoble negocio que ha puesto precio a esa pasión, a esa conexión que le entregamos todos los que vibramos viendo a esos veintidós adultos que corren detrás de un balón. Un negocio infame, pero que me sigue conmoviendo hasta las lágrimas.

Como buen seguidor balompédico sigo muchas cuentas de regates, atajadas y goles, veo videos de futbol cada que miro mi celular, pero ningún gol o regate me ha conmovido tanto como el video que encontré esta semana, porque de todo lo que el futbol me ha mostrado, es lo más parecido a un milagro.

En él aparecen cuatro personas sentadas en las tribunas durante un partido de la liga colombiana. Dos de ellos están mirando el partido y los otros dos están de espaldas al campo frente a ellos. Estos últimos dos son ciegos y los primeros están transmitiéndoles, no narrándoles, traspasándoles las acciones del juego y, por consecuencia, les dan la posibilidad de sentir la emoción y el ritmo del juego. Es que además de hablarles, los están tomando de las manos sobre un tablero que representa el campo de juego. Al parecer el partido tenía un ritmo trepidante porque la danza de las manos es frenética, lo que sumado al sonido ambiente del estadio completa el milagro.

No puedo ni siquiera imaginar lo que es vivir sin poder ver y ponerme en el lugar de esos dos fanáticos emocionados, porque ellos sienten el futbol sin haber mirado un regate. Es otro deporte, uno más maravilloso que se juega desde el césped al alma.

Con esa imagen mía de un periódico de otro tiempo en la mano, la pregunta que me viene a la mente no es ¿qué hago yo guardando esta foto vieja y arrugada junto a un futbolista retirado hace media vida? La pregunta que me hago es ¿dónde la pondré cuando la enmarque?

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.