Contra el viento
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Contra el viento

07/06/2019
Actualización 07/06/2019 - 12:45

El informe del British Medical Journal de la época lo decía claro: “Es peligroso para los órganos reproductivos y los senos, debido a sacudidas, giros y golpes repentinos”. Sin embargo, ellas querían y no hay nada que hacer frente a la voluntad inquebrantable de romper la historia. ¿Cómo habrá nacido la idea? ¿Cómo se concretó? No se sabe, pero se sabe que, efectivamente, sucedió y fue un puntapié inicial a una historia paralela.

Ocurrió en mayo de 1881 en Edimburgo. En el césped se enfrentaban el equipo azul que representaba a Escocia, el local, y el equipo rojo que representaba a Inglaterra, la visita. El público era el de siempre: hombres acostumbrados a ver futbol, pero esta vez iban a presenciar algo único.

Azules y rojas llevaban los corsés que se usaban en la época y paños en la cabeza, según citan los diarios de entonces; también llevaban zapatos de tacón y estaban “vestidas adecuadamente como mujeres”… Y nada más.

No hay ninguna crónica del partido. Se supo que las locales habían hecho valer su condición y se habían impuesto por tres goles a cero. Sin embargo, a nadie le hizo gracia que las mujeres saltaran al campo de juego y la prensa fue enfática al calificar el espectáculo de “bochornoso e inadmisible”, y como “el espectáculo más degradante que hemos presenciado en relación con el fútbol y no queremos volver a ver”.

No importaba, ya habían saltado a la cancha y todos los que alguna vez nos vestimos de corto, sabemos que no hay vuelta atrás cuando se practica el noble balompié, aunque sea en su versión más primitiva.

Se sabe que las mismas 22 jugaron la revancha apenas una semana después, a pesar de que la gente estaba encolerizada. Esta vez llegaron cinco mil espectadores, pero ninguno de los de la tribuna eran mujeres. No se sabe el resultado, pero debe haber estado bueno el partido, porque una invasión obligó a que se suspendiera.

Tuvieron que pasar trece años, hasta 1894, para que se creara el primer equipo oficial de futbol, el British Ladies Football Club. Su fundadora, Netty Honeyball, declaró en la prensa de aquellos años: “fundé el club a finales del año pasado con el objetivo de probarle al mundo que las mujeres no son esas criaturas ‘ornamentales e inútiles’ que los hombres pintan… Deseo la llegada de un tiempo en el que las mujeres se puedan sentar en el Parlamento y tengan voz en la gestión de todos los asuntos, especialmente en aquellos que las conciernen más”. Obviamente esto salía de los márgenes del rectángulo de juego.

Pero pasarían casi cien años para que sus palabras se vieran hechas realidad, porque el futbol femenil estuvo prohibido hasta 1971, es decir, ayer, y su práctica se limitaba al amateurismo y, en algunos lugares, se jugaba en secreto y a escondidas.

Pero las 22 que jugaron ese primer partido y todas las que jugaron a escondidas o a cambio de nada, hoy pueden ver el fruto de su obra, porque hoy comienza el mundial de Francia y, aunque tal vez no tenga la cobertura que tiene el futbol masculino, sí tiene un espacio ganado y es, innegablemente, sinónimo de espectáculo deportivo.

La historia del futbol femenil se ha jugado en una cancha barrosa, empinada y contra el viento. El futbol femenino comenzó perdiendo y ahora está remontando, y saben, creo que terminará ganado su partido, porque no se puede hacer nada contra la voluntad de cambiar la historia.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.