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17/09/2019
Actualización 17/09/2019 - 12:14

Hace 30 años un tío compró un terreno en Satélite firmando la intención de compra en una servilleta, en un restaurante de la zona. Hizo el pago al siguiente día porque al vendedor le urgía el dinero y le entregaron las llaves esa misma tarde. Poco tiempo después se hizo todo el papeleo legal; a la fecha aún vive en esa casa y nunca ha tenido un problema con las escrituras ni con ninguna documentación.

A inicios de los ochenta mi padre compró una camioneta Gremlin en una casa a la cual nunca había ido, en Iztapalapa. Se fue en transporte público con el dinero, llegó al domicilio anunciado en el periódico, le dieron las llaves de la camioneta para que la probara, le dio un par de vueltas solo, regresó, pagó y firmaron un contrato de compra-venta improvisado. Regresó con coche nuevo y la camioneta le duró 10 años.

Decía mi abuela que hubo una época en este país en el que la confianza en el otro se tenía de facto, que la traición hacía que perdieras esa confianza, pero que de entrada no se dudaba de la buena fe de la gente. Hoy es todo lo contrario, la desconfianza es lo que priva en las relaciones personales entre los mexicanos, y la confianza es la que se gana con el paso del tiempo. Dos concepciones distintas de comunidad, de nación.

Digo esto a colación de la maravillosa columna publicada el fin de semana por el escritor Jorge Volpi, en Reforma, titulada 'La República desconfiada'. En ella el autor dibuja esta realidad en la que “todos debemos cuidarnos de todos”.

Volpi apunta: “La desconfianza, me repetía Othón Canales hace unos días, es la regla esencial de las relaciones en nuestro país: imposible creer que la persona con quien estás a punto de cerrar un trato o un negocio, con quien estás por establecer un acuerdo político o una alianza, o a la cual contratarás o le comprarás bienes o servicios, no esté intentando hacerte trampa de algún modo”.

Sin embargo, no siempre fue así, y no recurro a la justificación fácil de “todo tiempo pasado fue mejor”, pero sí debería caber la reflexión al menos para identificar en qué momento nos comenzamos a chingar los unos a los otros, cuándo fue que nos convertimos en este país de tranzas. Hoy no tiene ningún valor la palabra, incluso aquél que confía en ella es criticado por güey: “¿cómo es que confiaste en el mecánico?”, “¿a poco le creíste al que te vendió el terreno sin firmarle nada?”, “¿ya nadie recibe cheques, estás tonto o qué?”.

El domingo abarrotamos el Zócalo y gritamos “Viva México”. Nos sentimos orgullosos de nuestra bandera, de pertenecer a este país. ¿Cómo honrar esa palabra? ¿Cómo podemos dejar de fregar al prójimo? En las elecciones pasadas una de las pocas propuestas de campañas que atesoré fue la de María de Jesús Patricio, Marichuy, su plan de gobierno se basaba en la formación de comunidad. En una entrevista contó que el lugar donde vivía no tenía policías rurales porque todos cuidaban de todos, crear comunidad significaba procurar al vecino y a la vez solucionar los problemas, aunque no fueran propios, el beneficio del otro se traducía necesariamente en un bien común.

En este ascenso de la traición –descrito por Volpi– urge la recuperación de la palabra, y no viene desde la cuarta transformación o la quinta o la sexta, ni de ningún gobernante, viene del actuar de una sociedad que debe cambiar la costumbre de la desconfianza.

Si logramos confiar en el otro en algún momento de nuestra historia moderna, ¿por qué no volverlo a hacer? O de plano ya estamos condenados a la máxima de nuestros tiempos: el que no tranza no avanza.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.