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21/12/2018
Actualización 21/12/2018 - 14:09

Fin de año, última entrega, descanso y lo que viene. Vamos por partes.

Esta es la época más contradictoria o ambigua de todas. En estas celebraciones reímos y lloramos por lo que nos ha dejado esta vuelta, a veces junto a personas que no hemos visto desde el año anterior en la misma fiesta. Una época a la que abrazamos con la alegría y la ilusión que teníamos de niños, pero que ahora padecemos como adultos, ya que ahora somos del equipo de los que sorprende y ya no de los sorprendidos.

Es el momento en el que ver la meta nos alegra, a pesar de que estamos llegando con cada pieza del motor sonando apenas con la inercia de la bajada. Tenemos puesta la cabeza en el desenlace y ya no nos importa la trama. Una época en la que cerramos y abrimos.

En diez días se acabará el año, se cambiará el calendario y nuestra tecnología vivirá en ese año nuevo desde el segundo uno, en cambio nuestra animalidad y nuestra humanidad harán una transición sostenida igualita a la de cada día; es decir, parasitada por lo que traemos del día anterior.

Reiremos por lo conseguido y lloraremos por lo que se fue pero, ¿qué haremos por lo NO conseguido? ¿Por lo buscado y no encontrado en estas cincuenta y dos insuficientes semanas? ¿En que lo convertiremos?

A lo mejor, disfrazado de otra cosa, lo no conseguido se presentará como nuestros primeros problemas del nuevo año. A lo mejor serán ellos los que nos desvelarán una noche de la vacación o tal vez serán esa indigestión que asociaremos a algún otro exceso. De ser así, con toda certeza serán ellos los que vendrán para achicarnos la sonrisa de alguna foto de enero.

A lo mejor lo no conseguido debería ser la primera certeza del año y por ende el segundo brindis. Lo no conseguido debería ser la llave, la linterna, la cuerda, la espada con la que andaremos el otro año.

Me gustaría (a lo mejor lo hago yo) que alguien golpeara con el cubierto la copa pidiendo la atención de los comensales, que se pusiera de pie y comenzará a decir todas las ilusiones rotas y las expectativas que no cumplió en el año. Que empezara a pedir un aplauso para sus múltiples y maravillosas frustraciones de 2017, ya que estas lo ayudaron a transitar por 2018, por el afán de superarlas. Nadie aplaudiría, pensarían que ya tomó demasiado y que otra vez está dando la nota alta.

¿Cómo empezar mi brindis? ¿Por dónde?

Gracias 2018, estuvo todo muy rico, pero…

Y aquí empezaría a enumerar mis ausencias , seguramente la palabra que más usaría en mi discurso sería “justicia”, en el momento más alto y emotivo usaría las palabras “verdad”, “libertad” y “seguridad”… y así seguiría con todo lo que no se logró este año hasta que me quitaran la palabra.

Es que este cerrar y abrir de año, es más bien como el truco del mago, por mucho que uno no los vea, los males no desaparecen en un abrir y cerrar de puerta, no, siguen ahí agazapados, seguros de que el humo los cobija.

Feliz Año Nuevo con problemas viejos.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.