Cenizas
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Cenizas

10/04/2019
Actualización 10/04/2019 - 13:04

El Estado mexicano incinera a su población. Los desaparece de manera definitiva hasta volverlos cenizas.

¿Hay algo más aterrador que las dos líneas que acaba de leer? ¿Puede imaginar algo peor en este sistema podrido? ¿En la escala del desprecio dónde queda este acto atroz?

Ayer, el periodista Darwin Franco Migues nos contó una de las peores historias de este México violento, una inolvidable, una que cambia la vida. Después de leer su reportaje 'Jalisco: desaparecer hasta volverse cenizas', nadie puede ser el mismo.

“Desaparecer personas se volvió una rutina en el Servicio Médico Forense de Jalisco. Datos hasta hoy inéditos revelan el uso sistemático e ilegal del horno crematorio y las inconsistencias en los registros de mil 559 cuerpos no identificados que fueron convertidos en cenizas.”

No sé ni siquiera por dónde empezar a contar esta barbarie. Tal vez desde la mirada de las víctimas, miles de padres, madres, hermanos, tíos, abuelos que no pararán nunca en la búsqueda de su desaparecido. Que acudieron al Instituto Forense con la esperanza intacta y que después recibieron polvo sin ninguna prueba.

“En octubre de 2015 (Felipe) recibió una llamada del instituto en la que le notificaban que uno de los 17 cadáveres exhumados dos años atrás de las fosas clandestinas localizadas en Santa Lucía, Zapopan, era el de su hermano. No le mostraron evidencias de lo encontrado ni pudo acceder a información del caso. Sólo supo que el vehículo de Alfredo (su hermano) había sido localizado en un deshuesadero de carros, ubicado a quince minutos del predio donde las fosas clandestinas fueron halladas. Los restos exhumados en Santa Lucía fueron trasladados al Semefo casi 78 días después de que Alfredo desapareció, y permanecieron ahí casi dos años, durante el tiempo que Felipe reclamaba noticias sobre su hermano. Para las autoridades, sin embargo, ese cuerpo no había sido reclamado: los restos de Alfredo fueron incinerados a mediados de 2014. Cuando Felipe volvió para exigir el cuerpo se enteró que lo único que quedaba de él era polvo. La entrega de la bolsa con cenizas tardó aún más porque la etiqueta de identificación quedó pegada a otra bolsa y no había plena seguridad de cuál contenía los restos correctos. A su cuerpo no se le tomó ADN”. Lo quemaron porque necesitaban el espacio.

Este es un ejemplo de las historias que al menos tuvieron un final, hay cientos de historias que no se conocen ni se conocerán. La numeraria es de terror: “En 2006 el horno se encendió nueve veces al año, casi una vez cada mes –con excepción de enero, junio y noviembre– y cremó un total de 84 personas. Para el año 2015, sólo en ese año, el horno se encendió 38 ocasiones para volver cenizas a 110 cuerpos.”

Hemos caído en una espiral de números sin fin, hablamos de muertos con la velocidad con la que los pronunciamos, y de pronto los dejamos ir, se desvanecen en la conversación, en las noticias, en el radio, en una fotografía que evitamos ver.

El reportaje de Quinto Elemento Lab nos invita a detenernos, a enmarcar las siguientes palabras: “Del demoledor universo de 1,559 cuerpos reducidos a polvo cenizo, 1,421 restos eran de personas del sexo masculino y 138 correspondían a mujeres. En cuanto a la edad, el promedio era de 44.5 años, la edad estimada de la mayoría de los cuerpos NN, el 15%, se encontraba entre los 35 y 39 años”.

Me ha rebasado por completo el trabajo de Darwin Franco, no lo puedo concebir y pienso en las investigaciones que aún no se hacen en Semefos en Tamaulipas, Guerrero, el Estado de México, en miles de desaparecidos, reducidos a cenizas. El Estado comportándose justo como el crimen organizado, sólo queda que algún gobierno decida desaparecer a sus pobladores en una bandeja inmensa de ácido para que todo sea igual.

Este trabajo, que es parte del proyecto 'A dónde van los desaparecidos', coordinado por Marcela Turati, nos ha mostrado que hay mucho más allá de “miles de personas desaparecidas”, que no es el narco robándose personas, sino una estructura social pudriéndose, donde lo mismo hay grupos disolviendo cuerpos en ácido, otros con campos de concentración forzando a jóvenes a ser sicarios, miles de fosas clandestinas, tráileres con cuerpos paseando por todos lados y hasta procuradurías, como la de Jalisco, haciendo polvo la esperanza de toda una familia de saber qué pasó con su ser querido. ¿Cuándo nos vamos a asquear tanto de las historias que estamos produciendo, que seamos capaces de exigirle a las autoridades y a nosotros mismos que esto pare?

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.