A salto de mata
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A salto de mata

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A salto de mata

19/09/2019
Actualización 19/09/2019 - 12:50

Hay tanta mística y tantas leyendas alrededor de la figura del expresidente uruguayo, José Mujica, que soy capaz de creer la historia de mi amigo Pablo que lo idolatraba hasta la médula.

Siempre la iniciaba con una sonrisa en la cara y con el tono de alguien que ha alcanzado la punta del Everest en su primer intento. Viajó a Uruguay con la intención de estrecharle la mano, había leído en una crónica periodística local que el expresidente vivía tranquilo en su casa de toda la vida, se movía en el vocho que había comprado hace décadas y su rutina era como la de cualquier otro ciudadano, le empezaba a molestar eso de los viajes largos y los organizaba espaciados para no cansarse. Con estos datos Pablo estaba decidido a conocerlo, pescó una fecha que tenía un compromiso en Montevideo, compró su vuelo tres días antes y tres días después y pensó que no se le podía escapar. Al llegar a la capital uruguaya contactó a un amigo periodista que tenía el dato de dónde vivía el presidente; los medios manejaban la dirección de Pepe con una naturalidad parecida a quien pregunta cómo llegar al Centenario.

Contrató un taxi y fue; no tuvo suerte el primer día, pero decidió irse desde temprano al segundo y lo encontró. Cuando cuenta esta parte otra vez se le iluminan los ojos, jura haberlo saludado, no recuerda sus palabras por el nerviosismo, pero sí recuerda una persona “sumamente amable” y sorprendida después de decirle que viajaba desde México. No hubo una plática inteligente, no hubo un consejo de vida, seguramente no lo recuerda Mujica, pero mi amigo Pablo la cuenta a la primera oportunidad que se presenta un silencio incómodo en alguna reunión. No tiene foto, no tiene un autógrafo, sin embargo, le creo, la he escuchado tantas veces que si cambiara algo del relato empezaría a dudar, pero nunca lo hace.

Después uno se encuentra fotos de Mujica con Ebrard, Zoé Robledo, periodistas, personas en la calle y la verdad es que no te atreves a contradecir a Pablo. En fin, la moraleja es la conciencia tranquila de un expresidente que no le debe nada a nadie.

La fotografía dada a conocer ayer por el periodista Nacho Lozano a través de su cuenta de Twitter expone la otra cara de la moneda, a un expresidente a salto de mata, algo nunca antes visto, al menos no lo recuerdo en los ojos de mi generación. Enrique Peña Nieto disfrazado para no llamar la atención, para pasar desapercibido o de incógnito. La imagen es una maravilla, en ella aparece el ex-Ejecutivo con una peluca y una gorra; su pareja actual hace lo mismo, pero ella se decanta por una peluca y una banda tipo hippie, ambos cenan en un restaurante de Nueva York.

¿Pareja de moda? ¿Miedo a que descubran su vida en el exilio? ¿Harto de los cuestionamientos sobre cómo vive y con qué dinero paga su nueva vida? ¿No vive con la conciencia tranquila? Los motivos nunca los sabremos, pero el hecho vale una estampa más a la lista de anécdotas presidenciales que tenemos que soportar. Siempre lo repito, la realidad supera cualquier guion escrito por el maravilloso Luis Estrada, ni La ley de Herodes, ni La dictadura perfecta se atrevieron a tanto.

El que alguna vez fue nuestro presidente no duerme en paz; lo acecha Rosario en la cárcel; los dichos de Santiago Nieto al revisar las cuentas de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes; Lozoya y sus amenazas, y una lista interminable de pendientes que le ponen el sello en la frente de la corrupción, y ese sello no lo tapa ninguna peluca.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.