Para bien y para mal
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Para bien y para mal

09/04/2019
Actualización 09/04/2019 - 13:49

Peña y Videgaray tuvieron una oportunidad de oro. Sobre la que se podría escribir una novela ucrónica. La invitación a Trump, en uno de los peores momentos de su campaña, le habría propinado un golpe mortal al candidato republicano, si el presidente de México lo hubiera confrontado como se merecía.

Pero, en lugar de eso, se le otorgó el trato de un jefe de Estado, y Trump aprovechó la visita para relanzar su campaña. No fue el único factor que marcó un giro en la contienda, pero es un hecho que a partir de esas fechas las encuestas registraron una tendencia ascendente del candidato republicano.

Aún está por escribirse la crónica de los acuerdos secretos y las motivaciones que llevaron al entonces secretario de Hacienda a organizar la visita en connivencia con Kushner. El costo de la misma fue tan elevado que Videgaray perdió el puesto y no regresó a la escena hasta que Trump obtuvo la victoria.

Tiempo después, durante la campaña por la presidencia en México, una de las banderas que enarboló AMLO fue la defensa de México y los mexicanos ante las agresiones de Trump. El mensaje fue claro: a cada tuit del presidente de Estados Unidos, correspondería una respuesta inmediata de López Obrador, poniendo las cosas en su lugar.

Pero no. AMLO ha sido más prudente y condescendiente que Peña. A cualquier pregunta sobre el muro, los migrantes o las agresiones a los mexicanos, el presidente responde que no se enganchará, y predica amor y paz.

El último episodio ocurrió, el viernes pasado, en la conferencia mañanera en Jalisco, donde AMLO bateó, mediante una larga disquisición sobre el bateo, una pregunta acerca de la afirmación que hizo Obama en Europa: sólo los que tienen miedo construyen muros.

De manera inesperada, ese mismo día en Calexico, Trump hizo un inusitado reconocimiento de AMLO: “el presidente López Obrador ha hecho una gran labor, está deteniendo a muchos migrantes, y anotó un jonrón”.

La justificación de esa prudencia se ancla en que Trump tiene un carácter impulsivo y lo último que conviene es enredarse en una guerra de declaraciones; más aún, cuando el T-MEC no ha sido aprobado y, es muy probable, que habiendo superado la investigación de Müller, el presidente se encamine hacia la reelección.

Dicho eso, hay dos temas que son cruciales para las relaciones entre ambos gobiernos: la migración y la política de drogas.

El margen para abordar el primero es muy reducido. AMLO puede esgrimir un Plan Marshall para Centroamérica, como una estrategia para ir a la raíz del problema. Pero se trata de medidas de mediano y largo plazos. Y lo que Trump exige es la detención, aquí y ahora, de los migrantes centroamericanos que pretenden cruzar hasta EU.

En esa materia, AMLO puede recurrir a su estrategia de bateo para eludir un posicionamiento formal, pero al final se topará con datos duros: número de migrantes y cruces ilegales en la frontera sur. Y ahí no hay ambigüedad que valga. O cuadra o cuadra. Y todo indica que eso ya empezó a ocurrir o Trump no habría sido tan elogioso en Calexico.

El otro tema son las drogas. Trump, como candidato, se mostró tolerante ante la legalización de la mariguana en los estados que optaron por el uso medicinal y lúdico. Pero como presidente ha insistido que las drogas causan daños enormes y provienen de México.

La pregunta, por lo tanto, es cuál será la respuesta del gobierno de Estados Unidos a la legalización de la mariguana en México. De hecho, hay un precedente ilustrativo: Canadá es el primer país de la OCDE en transitar esa vía y, hasta ahora, no ha habido mayores reacciones de la Casa Blanca.

Lo que sería lamentable es que las corrientes que se oponen en México a la legalización, que las hay dentro del gobierno y Morena, lograran amedrentar con el petate del muerto de la reacción de Trump.

Sin embargo, hay que reconocer que no todo lo que viene del Norte es adverso y malo para el país. En un contexto en que los contrapesos del sistema político están siendo debilitados o anulados, la vecindad con Estados Unidos podría terminar operando como un valladar contra los delirios de implantar un modelo socialista bolivariano en México.

A final de cuentas, la historia de este país está ligada para mal (la guerra del 46-48) y para bien (la derrota de la intervención francesa) a las acciones y reacciones de Washington. Y no hay en el horizonte, para bien y para mal, probabilidad de que esto cambie.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.