Meade, misión imposible
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Meade, misión imposible

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Meade, misión imposible

20/02/2018
Actualización 20/02/2018 - 9:56

Meade a la baja. Anaya al alza. La encuesta de Reforma confirma los resultados de Mitofsky. Vamos a una final entre dos. La noticia no puede ser más buena para el candidato de Por México al Frente. Ni más mala para el abanderado del PRI, que arrancará en el tercer sitio.

Se ha dicho, con razón, que esto es sólo una fotografía. Sí, pero también es una tendencia. Y sobran elementos para explicar no sólo la caída del candidato del PRI, sino la imposibilidad de que repunte.

José Antonio Meade se sacó la rifa del tigre, pero lejos de arredrarse decidió montarse en el dinosaurio. Asumió, así, una misión imposible. El desprestigio del gobierno y su partido no tienen precedente.

En 2000, Ernesto Zedillo entregó el poder pacíficamente y el PRI pasó a la oposición con un capital político indiscutible: haber reconocido su derrota y haber impulsado-negociado las reformas que cambiaron el país entre 1982 y 2000.

El regreso del PRI, 12 años después, se fundó en ese capital político, pero también en una doble expectativa: sabían cómo gobernar y había una nueva generación de priistas democráticos.

Todo eso fue hecho trizas. Los gobernadores emblemáticos del nuevo PRI resultaron delincuentes consumados. Los dos Duarte, Borge y, por supuesto, Yarrington, más los que falta detener y procesar, pasarán a la historia como paradigmas de la corrupción y el abuso.

Además, el balance de este sexenio es pésimo. En materia de seguridad el fracaso es total; se apostó a minimizar el problema y administrarlo. El crecimiento acelerado que se prometió –sobre la base de las reformas estructurales y la reforma fiscal, pactada con el PRD– jamás llegó. Pero la deuda pública asciende a 50 por ciento del PIB y las clases medias, así como las pequeñas y medianas empresas, han sido golpeadas con más impuestos.

Sacar adelante una elección con la mayoría del electorado a favor del cambio y con un rechazo del PRI superior a 50 por ciento es imposible. Por eso en Los Pinos se optó por una solución extrema: postular un candidato ciudadano.

Pero el ingenio y la creatividad se quedaron a la mitad del camino. Meade se ha pasado la precampaña cortejando al PRI y rodeándose de priistas de toda índole.

El tema de fondo es que para proyectar la imagen de un hombre de cambio, no priista, debería criticar y deslindarse del gobierno saliente. De hecho, eso era parte de la vieja liturgia priista.

Meade, sin embargo, no puede adentrarse en esas aguas. Su sostén es la presidencia de la República. Carece de ascendencia en el PRI y la única posibilidad que tendría de controlarlo sería ganar la elección presidencial. Él mismo ha reconocido su irresoluble dilema: “me deslindaré de los problemas, no del PRI”.

La cuestión es que en esta campaña hay tres temas torales: corrupción, inseguridad e impunidad, que no se pueden abordar con seriedad sin emprender una crítica radical del gobierno y su partido.

El riesgo mayor para Meade es lo que ya le está ocurriendo. En el exterior, no proyecta una imagen ciudadana. ¿Cómo podría hacerlo? La contradicción es flagrante: lo ungió el jefe supremo del PRI como 'candidato ciudadano', y él mismo se ha entregado en cuerpo y alma al priismo.

Para empeorar las cosas, en el interior del PRI tampoco genera simpatía. De entrada, porque los precandidatos que quedaron fuera le están pasando la factura. Pero también porque los cuadros y las bases priistas no lo ven como uno de los suyos.

Para matizar lo anterior, habría que remitirse a la cultura priista que acepta al candidato a la presidencia como su nuevo líder. Sin embargo, el presidente ha perdido su infalibilidad. Elige al candidato, pero no puede asegurar su victoria. El endoso del poder se ha vuelto incierto. Y esa incertidumbre hace que el bastón de mando —y sus 'efectos mágicos'– quede en suspenso.

De ese modo, se rompe –y es lo que estamos viendo– la cadena de lealtades y la disciplina. El escenario se complica más si se añade un factor. En la esquina de enfrente hay un candidato que sí es priista, de pura cepa, que lleva la delantera y ha abierto las puertas de par en par a los tránsfugas de todos los partidos, pero en especial del PRI.

Así que para decirlo llanamente, Meade se metió en el embrollo perfecto de una misión imposible.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.