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04/06/2019
Actualización 04/06/2019 - 15:03

La respuesta a Trump, carta de por medio, fue y es complemente inapropiada. Es obvio que la redactó AMLO. Las referencias históricas son su sello personal. Pero no vienen al caso ni en este incidente ni en las mañaneras. A Trump, semejante retórica, como a todo el mundo, debe sacarle urticaria.

No menos inapropiado es suscribir la misiva con la expresión ‘su amigo’. ¿Se puede ser amigo del presidente de EU que más ha insultado y denigrado a los mexicanos? ¿Se puede ser amigo de un racista y mentiroso consumado? AMLO, por respeto a su investidura, no puede permitirse semejante zalamería.

La admonición moralista es aún más desacertada. AMLO escribe: “Con todo respeto, aunque tiene el derecho soberano de expresarlo, el lema ‘Estados Unidos primero’ es una falacia porque hasta el fin de los tiempos, incluso por encima de las fronteras nacionales, prevalecerán la justicia y la fraternidad universales”.

Primero, un jefe de Estado no está para darle lecciones de moral y fraternidad a otro jefe de Estado. Menos aún, si la contraparte es el presidente del país vecino, quien ha definido claramente los términos y objetivos de su política y ganó la presidencia en una elección democrática –no como Maduro.

Segundo, la visión de AMLO es de una ingenuidad supina. En qué libro de texto o manual de historia encontró la idea de que la justicia y la fraternidad universales, cualquiera que sea su definición, terminarán por imponerse. Esto es teleología pura y dura.

Tercero, a estas alturas, después de registrar la forma en que AMLO descalifica, señala y acusa en las mañaneras, o defiende casos escandalosos y ampliamente documentados de corrupción –de superdelegados a candidatos a gobernador–, está claro que no es una hermana de la caridad, sino un político que sabe su oficio y juega rudo.

Así que, si de citas se trata, sería mejor que recordara a Gonzalo N. Santos, que brillaba por su claridad e ingenio: “La moral es un árbol que da moras”. O, en otras palabras, el reino de la política, como lo enseñan Maquiavelo y Max Weber, es un territorio distinto al de la moral. Así que aquel que pretenda gobernar con el Sermón de la Montaña, que abandone Palacio y se convierta en ministro de culto.

Las torpezas no paran allí. Todo el mundo sabe que Trump es un hombre de cero lecturas y tiene dificultades para leer un memorándum. Así que, al tropezarse con el párrafo donde se hace referencia a Lincoln y Roosevelt, debe haber estrujado el papel para arrojarlo al escritorio o al… cesto de la basura.

Pero voy al fondo de la cuestión. La amenaza de imponer aranceles escalonadamente, arrancando con el 5 por ciento, el 10 de junio, hasta alcanzar el 25 por ciento, golpeó inmediatamente al peso, ensombrece las negociaciones del T-MEC y anuncia serios problemas para la economía mexicana.

Envolverse en la bandera nacional y responder que les pagaremos con la misma moneda puede estar bien como retórica, pero no como estrategia. La asimetría de las economías se resume en la frase: un resfriado allá, es pulmonía acá.

Tampoco tiene sentido invocar los derechos humanos para oponerse a las políticas de Trump, que van de la construcción del muro al cierre de fronteras o, ahora, la imposición de aranceles, toda vez que esas políticas están dentro del ámbito soberano de EU para proteger sus fronteras.

AMLO se está topando con la realidad política y los límites reales. A Trump no lo convencerá con soluciones –hipotéticas– de largo y mediano plazo, como el famoso Plan Marshall para Centroamérica. Porque lo que demanda son resultados aquí y ahora. Sobre todo en vísperas de la campaña por la presidencia.

Por eso AMLO debe agarrar al toro por los cuernos y ofrecer resultados en materia de seguridad. La ola de violencia está incontenible y, en lugar de una estrategia consistente, hay contradicciones flagrantes como la creación de la Guardia Nacional y la reiteración de no perseguir ni combatir a los cárteles. A lo que se suma el hecho de no tener control de la frontera sur.

El margen de negociación de AMLO es estrecho. A final de cuentas, como bien se sabe, la política no es una elección entre lo bueno y lo malo, sino entre la menos peor de las opciones. Por lo mismo, vale guiarse por el viejo adagio: más vale un mal arreglo, que un buen pleito.

Pero eso reclama decoro, inteligencia y astucia. Porque el energúmeno, del otro lado, no será apaciguado con admoniciones y zalamerías.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.