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5 de mayo

07/05/2019
Actualización 07/05/2019 - 14:13

El PRD se fundó el 5 de mayo de 1989. El antecedente inmediato fue el Frente Democrático Nacional para apoyar la candidatura de Cárdenas a la presidencia, que culminó con la caída del sistema el 6 de julio de 1988.

Todo empezó cuando la Corriente Democrática (CD), encabezada por Cárdenas y Muñoz Ledo, exigió apertura democrática. Sin embargo, el verdadero fondo del desacuerdo con De la Madrid era la política económica: a) la apertura comercial; b) la liquidación de empresas paraestatales.

De hecho, Cárdenas se lanzó como candidato, por el PARM, hasta que Salinas de Gortari fue destapado como abanderado del PRI. La explicación plausible de ese retraso es que los integrantes de la CD veían con buenos ojos la candidatura de Bartlett y esperaban que él fuera designado.

Porque Bartlett, a diferencia de Salinas, no formaba parte del equipo económico de De la Madrid y jamás habría sido el presidente de la continuidad, es decir, de la apertura comercial y contracción del Estado.

Para ponerlo de manera llana: de haber sido Bartlett nombrado candidato del PRI, muy probablemente Cárdenas no se habría lanzado y el FDN y el PRD jamás hubieran visto la luz.

Paradojas de la historia. Tres décadas después, Bartlett regresa por la puerta grande en el gobierno de López Obrador, al mismo tiempo que el PRD está en terapia intensiva, al borde de la extinción.

Durante estos decenios, la izquierda mexicana permaneció unida en el PRD hasta que AMLO abandonó el partido y se embarcó en la aventura de crear su propia organización, Morena.

En el momento que López Obrador se lanzó por la libre, nadie apostaba un centavo por él ni por su movimiento. El PRD se había incorporado al Pacto por México y todo indicaba que se consolidaría como el partido de la izquierda, sin el liderazgo de Cárdenas ni de AMLO.

Pero los designios del señor son insondables. Peña y Videgaray se convirtieron en los ángeles impulsores de la campaña y el movimiento de AMLO. Primero lo hicieron involuntariamente y luego deliberadamente.

La corrupción desbocada, escandalosa, del gobierno federal y los estatales, particularmente los priistas, fueron el combustible perfecto para el despegue de la candidatura de López Obrador, como en su momento advirtió The Economist.

Y ya en campaña, el ataque frontal contra Anaya, y la elección de Meade como candidato ‘ciudadano’ del PRI, le pavimentaron intencionalmente a López Obrador el camino a Palacio Nacional.

A ello se agregó la torpeza e inmadurez de Anaya, que no sólo fue incapaz de armar una buena campaña, sino careció del mínimo sentido común para rodearse de un equipo inteligente y eficaz.

Los gobernadores del PRI, por su parte, entendieron a la perfección el mensaje de Los Pinos y obraron a favor de Obrador. Se sumaron, pues, a la cargada del virtual presidente.

Este recuento amerita dos apostillas. AMLO ha creado un relato épico: le robaron las elecciones en dos ocasiones al pueblo bueno, hasta que, por fin, el bien (AMLO) se impuso sobre el mal (los neoliberales).

Segundo, el advenimiento de la 4T equivale al entierro definitivo, con certificado de defunción, de la noche oscura del neoliberalismo, que se extendió por 36 años.

Pero, ¿cómo hablar del entierro del neoliberalismo cuando dos columnas fundamentales del mismo no han sido ni –se supone– serán tocadas: el TLC, ahora como T-MEC, y la autonomía del Banco de México?

Lo cierto es que en estos 30 años muchas cosas cambiaron: los opositores fundamentales a la apertura comercial y al TLC son ahora favorables a ambas políticas. Se han ‘convertido’ subrepticiamente al neoliberalismo.

Con todo, la presencia de Bartlett y Jiménez Espriú en el gabinete es la expresión de la revancha y el tesón. Sin embargo, la realidad es más pedestre que épica. El advenimiento de la 4T no es la expresión de una fatalidad, impuesta por las leyes férreas de la historia, que tiene en México otro de sus capítulos, sino el efecto de los cambios, la irresponsabilidad, la corrupción e inclusive la casualidad que han convertido a AMLO en el ejecutor de la furia justificada de la ciudadanía contra la corrupción y los abusos de la clase política.

Así que mientras la población siga percibiendo al presidente como el vengador de esos agravios, su popularidad difícilmente se verá afectada. Sin embargo, antier se registró una marcha contra la 4T. Fue sólo un paso, pero como decía Mao Zedong: una larga marcha inicia siempre por el primer paso. Nada está escrito de una vez y para siempre.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.