¿Rumbo a la mediocridad? III
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¿Rumbo a la mediocridad? III

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¿Rumbo a la mediocridad? III

08/04/2019
Actualización 08/04/2019 - 11:02

En las dos últimas columnas comenté algunos de los ingredientes de nuestra cultura que considero condicionan nuestro desarrollo económico, político y social. Me referí a la educación, la confianza interpersonal, la cultura de la excelencia, la impunidad y la impuntualidad. Cada uno de estos incluyendo nuestros hábitos alimenticios impactan la productividad sumando o restando puntos al desarrollo económico. Expuse ejemplos de cómo estos valores en otros países han representado un gran impulso para su crecimiento y bienestar de sus ciudadanos y en el caso de México, son un lastre que nos pone en desventaja.

Sostengo que la cultura precede a la norma. Las instituciones y las normas son diseñadas y aprobadas por personas que están inmersas en una cultura. La prevalencia y legitimidad de una norma o de una institución en gran medida responde a la aceptación cultural que dicha norma tenga. Contrario a lo que algunos institucionalistas sostienen, es con base en los valores culturales que las instituciones adquieren valor y relevancia, no al revés. Un caso emblemático de la actualidad son las monarquías. En el pasado también hubo instituciones sostenidas en una cultura, ampliamente aceptadas, como son la esclavitud, la colonización y la inquisición. Estas no solo eran legales, sino también legítimas. Varios países que usufructuaron estas instituciones hoy son celebrados como referentes de bienestar y libertad, un ejemplo de esto es el caso de Holanda. El uso de la fuerza y la superioridad militar les permitió dominar a muchos países en varios continentes dándoles una gran ventaja para su desarrollo económico.

Retomando esta idea, mi argumento es que hay ingredientes que conforman nuestra cultura y que surgen desde el interior de nuestro país, pero también quiero exponer que existen condicionantes estructurales que vienen del exterior, que operan a una escala global y también impactan el desarrollo y contribuyen al crecimiento asimétrico entre unos países y otros.

Algunas de esas condicionantes estructurales son la venta de armamento, paraísos fiscales y la existencia de propiedades en las que no se puede identificar a los dueños. Los casos más conocidos de esto último están en Londres, Ciudad Panamá, Nueva York y Miami, en donde las leyes consienten el ocultamiento de capitales. Al igual que antes, los países desarrollados, considerados como los menos corruptos —por ejemplo, Suiza— son en realidad cooperadores necesarios para que pequeños y grandes puedan ocultar fortunas bien o mal habidas nuevamente obteniendo ventajas sobre los demás.

Los países en vías de desarrollo además de condicionantes culturales que limitan su crecimiento, deben sortear también condicionales estructurales en una escala global que en muchas ocasiones hace más grande el desafío de alcanzar una auténtica distribución de la riqueza y un estado de bienestar. Cuando se emprende la tarea de diseñar estrategias o políticas públicas para el desarrollo se deben considerar estos factores. Como bien dijo Peter Drucker, “la cultura se come a la estrategia para desayunar”. Cualquier estrategia pensada sin considerar los factores culturales o plantearse un cambio cultural a largo plazo está destinada al fracaso. El error más común en la actualidad es pensar y liderar con una lógica local, ignorar la trascendencia de la cultura y el cortoplacismo.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.