Deshonestidad mexicana
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Deshonestidad mexicana

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Deshonestidad mexicana

25/02/2019
Actualización 25/02/2019 - 14:49

Mucho se habla de la corrupción en México, pero poco se habla de sus raíces. En la mayoría de los casos surgen desde temprana edad en la familia, por ejemplo, cuando los niños se habitúan a escuchar aquella frase cotidiana de “dígale que no estoy”. Las mentiras piadosas con el tiempo se hacen costumbre y crecen en dimensión. Esta deshonestidad cotidiana es el origen de la corrupción, contrario a la opinión de que ésta se debe únicamente a la impunidad.

El hábito de la mentira está impregnado en nuestras interacciones diarias. Sin embargo, nosotros mismos no lo vemos así. Esto es uno de los hallazgos de un notable estudio de la Universidad Nacional Autónoma de México, 'Los mexicanos vistos por sí mismos' (2017) que en 26 tomos aborda un amplio espectro de temáticas sobre México y los mexicanos. Uno de los temas más relevantes del estudio son las opiniones sobre la corrupción y la honestidad, un cúmulo de contradicciones que evidencian la ardua tarea por delante para mejorar los niveles de corrupción en el país. 

Un 92 por ciento de los mexicanos opina que hay corrupción y un 70 por ciento piensa que es uno de los principales problemas del país. Una mayoría (64.7 por ciento) no considera que en tres años las cosas mejoren y opinan que es responsabilidad del gobierno acabar con ella (86.9 por ciento). 

Aun cuando se asocia la corrupción con servidores públicos, es interesante que más de un 70 por ciento cataloga como actos de corrupción asuntos que no tienen nada que ver con el gobierno como:  comprar exámenes, alterar los medidores de luz, alterar las básculas en los mercados, fingir una discapacidad para pedir limosna, vender una tarea, vender un automóvil sin mencionar sus fallas, copiarse en un examen, llevarse material escolar o pertenencias de otros alumnos, cobrar por dejar estacionarse en la vía pública, presentar justificantes médicos falsos, alterar los relojes checadores, usar sin autorización la red inalámbrica del vecino, ausencia de maestros sin justificación, tomar el periódico del vecino, decir a otra persona que no se encuentra cuando lo buscan, impresión de documentos no laborales en la oficina, llamadas personales a larga distancia desde la oficina, entre otros. La lista es interminable.

Extrañamente estas mismas personas que asocian estas actividades de carácter privado con corrupción, son las mismas que mayoritariamente asocian la palabra corrupción con “función de gobierno y malos políticos” (52.6 por ciento) y supone que hay más corrupción en el sector público que en cualquier otro espacio (un 73.8 por ciento). Todavía más sorpresivo ante la pregunta de dónde considera usted que se realizan los primeros actos de corrupción, un 47.6 por ciento dice que en el gobierno y un 11.5 por ciento en los partidos políticos. En niveles muchos más bajos lo ven suceder en la colonia, el trabajo, el sector privado (3.3 por ciento) y en la familia. 

Esta misma sociedad, que en un 77.4 por ciento valora que es muy importante que se respeten las leyes, en un 43.3 por ciento reconoce pagar por agilizar un trámite. Esto evidencia, como he venido diciendo desde hace varios años, que la corrupción es trabajo de todos y un tema que se debe abordar desde la perspectiva cultural y social. No podemos calificarnos en honestidad en rangos de ocho y 10 cuando somos parte de un engranaje social que nosotros mismos aceptamos, no es honesto. Según el Dr. Daniel Ariely un respetado experto en neurociencia y comportamiento humano, en su libro La (honesta) verdad sobre la deshonestidad argumenta que engañar es contagioso y que una sociedad será tan deshonesta como le sea posible, siempre y cuando para los demás esa deshonestidad no sea tan grave.

Se logrará muy poco con leyes y mecanismos anticorrupción institucionales cuando no somos capaces de analizarnos a nosotros mismos y asumir la responsabilidad como sociedad de ser honestos, empezando por nuestros hábitos familiares.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.