¿Es rescatable el PRD?
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¿Es rescatable el PRD?

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¿Es rescatable el PRD?

22/10/2018

La razón del desplome del PRD en las elecciones del pasado 1 de julio no fue el desprendimiento de AMLO y Morena. Su caída fue producto de muchos años de falta de autocrítica, de una marcada incapacidad para procesar sus diferencias internas, alojadas en sus corrientes y tribus y, sobre todo, del abandono de sus banderas de partido de izquierda social y democrática cuando fue gobierno en diferentes entidades federativas. El PRD dejó de ser una alternativa progresista, perdió su liderazgo como defensor de derechos fundamentales, se refugió en fórmulas de control político-clientelares y cobijó a dirigentes y legisladores que utilizaron el poder de manera patrimonial, sobre todo en la Ciudad de México. Su marca como partido se quedó sin aliento para impulsar la agenda social de un partido de izquierda que debe de ser, en primerísimo lugar, combatir la desigualdad.

El hecho de que el PRD recibiera una votación de 5.2 por ciento en la elección presidencial, apenas equivalente a la de Jaime Rodríguez, El Bronco, da cuenta de la magnitud de su derrota. Además perdió las dos gubernaturas que ocupaba en Tabasco y Morelos y se desplomó en lo que había sido su gran bastión electoral durante veinte años, la Ciudad de México, donde apenas conservó dos de las 16 alcaldías y quedó relegado a la tercera posición en el nuevo Congreso capitalino. En la legislatura federal, la otrora tercera fuerza política sólo tiene 21 diputados y ocho senadores, y lo peor fue que quedó muy por debajo del PT, que había sido su protegido tradicional en el pasado. Está claro, el capital político del PRD está en el suelo y la secuela de renuncias que ha venido padeciendo en los últimos años sigue su curso.

Aquí cabe preguntarse si el PRD cuenta con activos políticos para emprender su rescate, considerando que, en principio, debe disputarse el espacio ideológico con Morena, que hoy domina la escena política. De cara a la reunión extraordinaria de su Consejo Nacional, el PRD anunció la formación de una Comisión Nacional de Diálogo para reflexionar sobre los cambios que debe emprender para edificar un nuevo modelo de partido político que le ayude a rescatar la credibilidad perdida. El objetivo de dicha comisión es realizar una serie de foros de discusión con organizaciones y personalidades intelectuales plurales; y para ello, el PRD ha planteado un decálogo con acciones que ha abanderado en el pasado: el 100 por ciento de aumento al salario mínimo, la reducción del precio de la gasolina y fortalecer las energías limpias, el ocho por ciento del PIB a educación, el combate a la corrupción con fiscales autónomos y el fortalecimiento del Sistema Anticorrupción, abrogar la reforma energética, fortalecer la plataforma digital nacional, la masificación de las telecomunicaciones, la justicia a víctimas de violaciones a derechos humanos y el reforzamiento de los municipios, junto con cumplir sus promesas de campaña.

Para impulsar estos temas de agenda, su gran reto es poder colocarse en una plataforma para tener una amplia convocatoria que sume al mayor número de fuerzas políticas y corrientes de opinión, y para ello tiene necesariamente que renovar su estructura y sus reglas internas de convivencia.

La crisis del PRD no es exclusiva en México ni en otras partes del mundo en donde los partidos tradicionales han caído frente a opciones de corte fuertemente personalista y autoritario, e incluso de tipo fascista, como en Brasil. Esta caída ha traído el vaciamiento de los referentes ideológicos clásicos, que dotaban de sentido a la interlocución entre partidos políticos y ciudadanos, y en su lugar se han instalado las formas de comunicación directa y fluida, aunque sin identidad clara, de las redes sociales.

No sobra insistir que frente a la instalación del próximo gobierno, cada quien debe de asumir su respectiva responsabilidad. Al PRD y a los demás partidos de oposición les toca trabajar para reconstruir nuestra institucionalidad, que debe ser plural si quiere ser democrática.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.