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Pagar por volar a ningún lado

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Pagar por volar a ningún lado

30/10/2020

Para quienes están acostumbrados a viajar con frecuencia, la adrenalina que provoca todo lo que implica una salida puede convertirla en algo adictivo. El viajero consuetudinario se habitúa al ritual de hacer la maleta, tener listos los documentos de identificación personal, dinero suficiente, pedir el taxi, vivir el peculiar ambiente de un aeropuerto y las sensaciones que provoca, cumplir con el requisito de la documentación y con los engorrosos protocolos de seguridad al pasar los filtros, que ya se realiza mecánicamente, hasta llegar al momento de relajación que se experimenta al ponerse de nuevo los zapatos y el cinturón y quedar frente a las innumerables salas de espera donde sólo resta aguardar el momento de subir al avión.

Muchos tienen su restaurante o bar favorito donde comen o beben algo mientras esperan, mirando su celular, trabajando en la laptop o leyendo periódicos o algún libro. Hay quienes se forman de inmediato al escuchar el llamado para abordar, mientras otros eligen ser los últimos en formarse para no hacer la fila. No es difícil adivinar quién es primerizo o viajero poco frecuente, o quién se mueve como pez en el agua dentro de la terminal. A los primeros se les ve un tanto ansiosos y preocupados, sufriendo en cierta medida la experiencia eventual, y los segundos se muestran relajados y muy seguros de sí mismos, disfrutando.

En este 2020, entre enero, febrero y las tres primeras semanas de marzo, tal vez un viajero asiduo de negocios haya tomado entre doce y veinte vuelos, pero después todo se detuvo y comenzó el confinamiento. La mayoría de los aviones quedaron en tierra y los pasajeros encerrados en sus casas.

Al paso de las semanas y los meses, es muy posible que la necesidad de viajar y vivir ese ritual los haya invadido, incluso hasta el punto de la angustia. Por naturaleza, el confinamiento no es lo suyo. Por todo esto, no resulta tan sorprendente que, en algún lugar del mundo, a alguien se le haya ocurrido, una vez iniciada la reactivación de forma limitada, vender vuelos que no llevan a ningún lado, que son como un paseo que brinda al cliente la experiencia de salir de viaje, aunque el destino sea el punto de partida. Suena inverosímil, pero es real.

La universidad Oberta de Catalunya afirma que los vuelos a ninguna parte se han convertido en una alternativa durante los tiempos de pandemia que vivimos. La psicóloga Sílvia Sumell, profesora colaboradora de Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de esta institución académica, sostiene que venimos de una época con muchas restricciones, en la que se han visto truncadas varias de nuestras opciones de ocio, que son actividades gratificantes, y una de éstas puede ser subirse a un avión. “Cuando se añora una experiencia, volver a vivirla nos hace sentir mejor; el hecho de tomar un avión, aunque sea para dar una vuelta y volver al mismo lugar, nos hace sentir libres y experimentar placer, si ya era una actividad que antes nos resultaba gratificante”, asegura.

El documento de la Universidad informa que esta alternativa la han implementado varias líneas aéreas, como Royal Brunei; EVA Air, de Taiwán; All Nippon Airways, de Japón; y la australiana Qantas. Obviamente, para hacer más atractivo este nuevo producto, las empresas aéreas añaden servicios de lujo, como comida elaborada por algún chef de renombre, música con un DJ, cocteles, pasteles de cumpleaños, regalos o fiestas temáticas durante el vuelo.

Algunos trayectos se hacen a menor altura para que los pasajeros puedan admirar a detalle los paisajes, mientras el capitán da una explicación acerca del lugar que sobrevuelan, a la vez que los pasajeros disfrutan de una manera de volar diferente a lo cotidiano y experimentan algo nuevo.

Añade que aunque estos viajes no tienen como destino algún sitio alejado, están diseñados para ser menos estresantes, sin colas, más relajantes, donde las personas se centran en otros estímulos y prestan atención a aspectos que antes pasaban por alto, como la forma de las nubes, las formaciones geológicas o los colores, lo que les permite adentrarse en sensaciones y emociones novedosas.

Pero estos vuelos no sólo sirven para la distracción de los pasajeros, también ayudan a la economía de las aerolíneas. “Tener a los aviones y a la tripulación en tierra supone costos que pueden verse compensados en parte si estas iniciativas tienen un mínimo de aceptación”, dice la psicóloga Sumell.

Y aunque parece una excentricidad pagar por solamente volar, sin llegar a ninguna parte, la pandemia muestra que ha abierto nuevas puertas. La Universidad sostiene que la semana pasada Qantas lanzó un vuelo de estos con siete horas de duración y los boletos se agotaron en menos de diez minutos. No cabe duda que con un poco de ingenio y audacia, se puede sacar algún provecho de las crisis.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.