Jerash y las ganas de seguir viajando
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Jerash y las ganas de seguir viajando

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Jerash y las ganas de seguir viajando

08/11/2019
Actualización 08/11/2019 - 15:03

Hace unos cuantos años visité el reino de Jordania y recorrí buena parte de su territorio. Como viajero, es un país en el que hay mucho que ver, ahí todo es milenario: desde su propia capital Amán, hasta el Monte Nebo, un lugar sagrado en el Antiguo Testamento, donde desde su cima cuenta la historia que Moisés miró de lejos la tierra prometida que nunca pisaría, se sabe que ahí murió; hasta el propio lugar en el río Jordán donde Jesucristo fue bautizado.

Cuando se está ahí, a la orilla de un angosto río y junto a vestigios de lo que fue un santuario, hay letreros que prácticamente indican el lugar exacto donde se llevó a cabo el bautizo del Hijo de Dios, por lo que sorprende que no se encuentre convertido en un centro de peregrinaje al cual acudan diariamente cientos de creyentes para conocer el sitio donde Jesús se encontró con San Juan Bautista, como sucede con los lugares santos en Jerusalén. De hecho, el lugar se encontraba vacío, con unos cuantos turistas tomando fotos. Caso contrario al del Monte Nebo, donde me topé con una gran cantidad de viajeros.

Otro de los lugares de Jordania con decenas de siglos de existencia es Jerash, una antigua ciudad romana, enorme, extendida en una gran superficie y con ruinas bastante bien conservadas. Después de Amán, el segundo lugar que visitamos fue precisamente Jerash, el cual me cautivó por sus vestigios, por la belleza de su trazo urbano y por el esplendor que aún se puede adivinar que en algún tiempo vivió esa metrópoli.

La caminé durante horas, con calma, disfrutando de sus largas calzadas, templos, anfiteatros, fuentes y columnas, sintiéndome completamente despreocupado, dedicado exclusivamente a la contemplación de los restos que aún se mantienen de pie, y también de aquellos que yacen en el suelo. Ahí, como en los demás destinos que visité de Jordania, me sentí seguro, porque Jordania es un país seguro.

Inclusive, particularmente —y sin dejar de hacer notar que son dos lugares completamente diferentes—, puedo decir que me gustó más Jerash que Petra, aunque esta última también es una ciudad sorprendente e inverosímil, por algo forma parte de la lista de las Siete Maravillas del mundo moderno.

Sin embargo, esta semana nos llegó la noticia de que varios turistas, entre ellos tres mexicanos, fueron atacados sin motivo en Jerash, resultando heridos con un cuchillo por un desconocido desquiciado. Por fortuna, todos están a salvo, según los últimos reportes, y el agresor fue capturado por la policía.

Este atentado, que no fue un intento de asalto o una venganza personal, sino un acto terrorista probablemente por motivaciones religiosas o políticas, demuestra, una vez más, que viajar siempre conlleva una dosis de riesgo y que no existe ningún lugar en el mundo que esté exento de esta clase de peligros.

En los años recientes hemos visto este tipo de agresiones en lugares como París, Barcelona, Londres y Egipto, por citar sólo algunos, donde los objetivos del ataque han sido expresamente turistas o ciudadanos que se encuentran en un lugar de divertimento, como una calle peatonal llena de restaurantes y bares, o un puente famoso y hasta un recinto donde se celebraba un concierto, como pasó en París y Las Vegas.

Hoy en el mundo no existe un lugar completamente seguro, pero no por eso las personas dejaremos de viajar. Tal vez esta sea la principal dualidad que sufre y goza la industria turística global: es una actividad que suma cientos de miles de millones de dólares de inversión en todas sus ramas, como hoteles, restaurantes, bares, museos, marinas, campos de golf, resorts, etcétera, pero es tan frágil que hechos aislados violentos como estos, suelen dañarla y alejar a los turistas; sin embargo, su capacidad de resiliencia también es enorme y, una vez pasado el tiempo, regularmente no mucho, los viajeros regresan, no porque hayan olvidado los trágicos sucesos, sino porque esos sitios siguen siendo atractivos y porque es la mejor forma de demostrar a esos locos, fanáticos en muchos casos, que los buenos somos más y que no dejaremos que nos venzan.

Sí, el mundo es un lugar peligroso, pero sigue siendo hermoso, motivo suficiente para que el ejército de millones de viajeros que cada día lo recorren, no claudiquen ante el miedo.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.