Corte de caja
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04/01/2019

El gobierno de Enrique Peña Nieto terminó el pasado 30 de noviembre, pero para efectos de redondeo estadístico, la influencia de sus políticas implementadas en materia turística se extiende hasta el último día del año.

Es decir, que todos los indicadores de 2018 que muestran la salud, buena o mala de la industria turística se achacarán por completo a la administración que acaba de concluir y, en especial, al anterior titular de la Secretaría de Turismo, Enrique de la Madrid; en tanto que todo lo que suceda a partir de 2019 ya irá a la cuenta del presidente Andrés Manuel López Obrador y, particularmente, de su secretario de Turismo, Miguel Torruco Marqués.

Así que para precisar en dónde inicia el presente gobierno, veamos qué se hizo en materia turística durante el pasado sexenio, con la información disponible hasta el momento.

En el renglón de recepción de turistas, cerró el 2018 (datos hasta octubre del presente año) con un incremento de 6.8 por ciento —con respecto al mismo periodo de 2017— y 33.8 millones de visitantes. A nivel sexenal, cuando comenzó en 2012, se recibieron 18.9 millones, por lo que el saldo del gobierno peñanietista es de un incremento del 78.5 por ciento, según datos públicos del Inegi y del Banco de México.

En cuanto al dinero, en los primeros diez meses del presente año se captaron 18 mil 300 millones de dólares, 5.2 por ciento más que el año previo y 77.8 por ciento más que en 2012, cuando se registró un ingreso de 10 mil 300 millones de dólares.

Como se puede apreciar, divisas y turistas crecieron prácticamente en el mismo porcentaje durante los últimos seis años; sin embargo, hay que resaltar que en los rankings de la Organización Mundial del Turismo, deja al país en la sexta posición en el top ten de las naciones que más turistas reciben y en la decimoquinta en lo que respecta a la captación de divisas. Desde esta perspectiva, la diferencia se agranda dramáticamente, ya que hay nueve escalones de diferencia.

En lo que respecta a los turistas que, provenientes del extranjero, llegaron al país en avión —y que son los que más gastan—, este año crecieron 4.7 por ciento, en tanto que durante el sexenio aumentaron 71.3 por ciento, siete puntos porcentuales menos que el total de visitantes.

Para tener los números definitivos y un panorama más exacto de dónde terminó Peña Nieto y dónde inicia López Obrador en materia turística, habrá que esperar unos meses para completar lo ya conocido con los datos que arrojen noviembre y diciembre, los cuales son importantes para efectos estadísticos porque particularmente el último mes del año forma parte relevante de la temporada alta de invierno.

Esta información se tendrá con certeza allá por febrero o marzo, y entonces sí habrá que marcar un punto de partida que será vital para la nueva óptica con la que se medirá el éxito de la industria turística mexicana: lo prioritario será crecer en la derrama económica que dejen los viajeros extranjeros, privilegiando este indicador por sobre el de la cantidad de turistas recibidos, lo cual siempre había sido a la inversa.

Esta idea, que tiene mucho sentido, comenzó a permear en la industria turística mundial hace ya algunos años, pero las autoridades mexicanas se empeñaron en seguir considerando que el principal indicador del progreso turístico consistía en la cantidad de visitantes recibidos, quizá porque era más viable avanzar en ese rubro, en lugar de trabajar eficientemente para diversificar el producto turístico, darle más valor agregado y así generar mayores ganancias.

En resumen, parecía más rentable políticamente pensar en lo primero que lo segundo. Ahora las cosas van a cambiar y el reto es muy claro y concreto.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.