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'Endiablados' desafíos de Biden

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'Endiablados' desafíos de Biden

21/01/2021
Actualización 21/01/2021 - 10:28

Los desafíos que enfrentará Joe Biden este 2021, dice Arturo Sarukhán, exembajador de México en Estados Unidos, son “endiablados” y como bien lo sabemos, repercuten -retos y respuestas- en prácticamente todo el mundo.

En México no sólo nos afecta lo que vaya a hacer Biden en asuntos globales, como el cambio climático; bien dijo el secretario Herrera de Hacienda, que “la recuperación económica de México está ligada a la de Estados Unidos”, y ésta dependerá de varios asuntos domésticos, a cual más de difícil.

El más complejo, me parece, es la polarización en ingresos de la sociedad estadounidense, de la que derivan varios de los mayores problemas de todo tipo, lo mismo en Estados Unidos que en cualquier país; la desigualdad se viene agravando desde la década de 1980, cuando empezaron a escasear los buenos empleos en casi todo el mundo occidental capitalista y la masa salarial fue disminuyendo; la pandemia aceleró el fenómeno.

Antes, entre 1950 y 1970, la prosperidad y el bienestar social hicieron crecer las clases medias. En ese periodo, la masa salarial estadounidense aumentó un promedio 2.5 por ciento más rápido que la fuerza laboral, lo que significaba mayor poder de compra de los salarios, tanto de profesionistas como de obreros, con lo que la desigualdad llegó a reducirse. En México también aumentaron los salarios reales en ese tiempo.

A partir de los años de 1980 todo cambió; comenzó a caer la oferta de empleos, y los que se creaban, sobre todo a partir del año 2000, han sido, en su inmensa mayoría, de baja remuneración, que muchos profesionistas terminan aceptando.

La baja de la masa salarial explica lo principal de la desigualdades, pero no todo. También juegan en ello las políticas fiscal y monetaria de los países, las cuales han favorecido, sin excepción, la tasa de utilidades del capital sobre los salarios.

Hay una lógica en eso, y es que el origen de la combinación de poca oferta de empleos, salarios a la baja durante décadas y lento crecimiento de las inversiones productivas y del PIB (evidente en EU igual que en nuestra economía y de otras naciones), es la contracción del promedio de las utilidades del capital productivo y su muy desigual reparto entre grandes y pequeñas empresas.

Para tratar de compensar la baja del promedio, en 1970, Nixon desligó la emisión de dólares del patrón oro y desde entonces, EU emite su moneda sin más respaldo que deuda en dólares con el resto del mundo, lo que le ha permitido gastar más de lo que produce su economía (durante el gobierno de Trump, la balanza comercial acumuló un déficit de 2.3 trillones de dólares, frente a los 2 trillones durante el gobierno de Obama).

Además de cubrir el déficit comercial imprimiendo dólares, también se han subsidiado las ramas estratégicas en las que el país es más competitivo: la producción de maíz, trigo y otros cereales, la producción de materiales culturales como películas, y el desarrollo de altísima tecnología que una vez probada, se transfiere a la planta productiva.

El manejo monetario para compensar el menor dinamismo económico se ve con toda claridad durante 2020; ese año, la Reserva Federal estadounidense emitió tantos trillones de dólares que equivalen a 21 por ciento del total emitido en toda su historia, y lo hizo para solventar -con deuda sin más respaldo que los propios dólares que otras naciones aceptan en pago de sus exportaciones a EU, China ese año más que ningún otro- los trillones de dólares que recibieron empresas y familias en medio de la pandemia.

Esa estrategia monetaria que dura más de cuatro décadas, llegó a su límite desde 2008, al convertir las tasas de interés en negativas; por eso, el FMI está convocando a una nueva conferencia Bretton Woods.

La política monetaria estadounidense no detuvo la tendencia a la desaceleración del PIB; en vez de alentar las inversiones productivas, buena parte del capital se dirige a las bursátiles, que hoy tiene los índices en máximos históricos, al mismo tiempo que el PIB está en mínimos históricos.

Esta combinación de sucesos -malos empleos, bajos salarios, políticas públicas tratando de animar capitalizaciones productivas carentes de estímulos de mercado, inversiones especulativas crecientes- terminan agravando donde empiezan: en la desigualdad.

Se requieren más y mejores empleos en todo el mundo, y con la automatización de procesos en marcha acelerada habrá menos puestos de trabajo; la solución es la reducción de las horas laborales. En Inglaterra, en 1870, se trabajaban 2874 horas al año; en 1950 habían bajado a 1958 y en el 2000, a 1489. Keynes imaginó que en 2030 sólo se tendría que trabajar 15 horas a la semana en los países ricos. Biden, sin embargo, no es Keynes.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.