El virus no tiene la culpa
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El virus no tiene la culpa

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El virus no tiene la culpa

12/03/2020

Los hechos primero: mucho antes de que la OMS declarara ayer la pandemia por el Covid-19, la economía mundial ya estaba en franca desaceleración. No hay una relación causal entre los dos eventos, aunque al cruzarse, ambos empeoran.

Hay una crisis en proceso desde tiempo atrás y preocupa mucho a los gobiernos de las principales economías que sus sociedades comprendan la verdadera naturaleza de los problemas; la psicosis por el riesgo a la salud contribuye a ocultarlos al escrutinio público, aunque no de todo mundo: el Vaticano está convocando a proponer un nuevo orden económico global.

Sólo para constatar que la desaceleración tiene años gestándose, partamos de la década de 1960 a 1969, cuando el PIB de Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Japón y el Reino Unido creció al 5.1% anual promedio para el conjunto, mismo que, en constante declinación, había caído al 1,2% entre 2011 y 2018.

Estados Unidos crece ahora a 2% anual mientras que Europa y Japón al 1% y las economías de Brasil, México, Turquía, Argentina, Sudáfrica y Rusia, las más importantes entre las emergentes, están prácticamente estancadas.

El crecimiento chino cayó a menos de 5% en 2019, la tasa más débil en casi 30 años y crecerá por abajo de 4% este 2020. Antes del famoso virus, el FMI había publicado que, “En cualquier escenario, el crecimiento global en 2020 caerá a 2.5 por ciento”.

Los aspectos de la crisis son múltiples, pero destacan la mortandad empresarial, la proliferación de mercados oligopólicos, la preponderancia del sector de servicios en el valor del PIB; la precariedad en la estabilidad de los empleos que además, han abatido la masa salarial, la concentración del ingreso y la menor productividad de la mano de obra.

Esos y otros factores -presentes en Europa, Asia y Norteamérica- se resumen -según la economía marxista y la de Keynes- en el rezago de la capacidad de compra de los mercados ante una capacidad de producción instalada que por lo mismo, va quedando sobrada, lo que hace innecesarias mayores inversiones para ampliar la oferta de cosas y necesaria la desaparición de capital excedente, vía depreciación y quiebras.

Demanda y oferta son los dos motores de esta economía de mercado, faltos de energía, y su mayor estímulo es la rentabilidad de las inversiones; a esta lógica han respondido las políticas públicas en Europa, Asia y Norteamérica ante la crisis: han dado toda suerte de estímulos al capital, incluyendo el abatimiento de los derechos laborales, la precarización de los empleos y baja de la masa salarial para abatir costos, lo que, obviamente, ahonda la brecha entre capacidad de consumo de los mercados y de oferta de la planta productiva.

Contra ese enfoque de la políticas públicas, el Papa Francisco ha convocado a 2.000 economistas y empresarios de 115 países, todos menores de 35 años, para participar en el encuentro "La Economía de Francisco", a celebrarse del 26 al 28 de marzo próximo en Asís.

La convocatoria tiene la finalidad de identificar las condiciones para tener una economía socialmente justa, económicamente viable, ambientalmente sostenible y éticamente responsable en el mundo.

La gravedad de los problemas económicos, ambientales y sus derivaciones sociales y políticas tiene de bueno que facilitará la unificación de criterios en torno a soluciones.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.