Confianza política
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Confianza política

17/01/2019
Actualización 17/01/2019 - 13:30

La confianza es un sentimiento elemental del bienestar de cualquier persona; lo vivimos con familiares y amigos cercanos, pero hace muchos años que no la experimentamos en la calle y menos en los políticos y el gobierno.

El apoyo social a López Obrador en su combate al robo de combustibles, creciente a pesar de la escasez de gasolinas, ha sorprendido a sus detractores; unos tratan de demeritarlo alegando que es cuasi religioso.

Raymundo Riva Palacio, en su artículo de ayer en estas páginas, valora que “el individualismo y egoísmo ciudadano, tan característico de los mexicanos, fueran hechos de lado ante el llamado presidencial”. Muy cierto, al menos entre los automovilistas de clases medias.

Me parece que los más acertados, repito, entre los detractores del gobierno, han centrado sus reflexiones en la confianza ciudadana que despierta López Obrador; tal es, por supuesto, todo un cambio con respecto a otros presidentes.

México está hambriento de confianza colectiva -política- como antídoto a la incertidumbre y la inseguridad, y López Obrador, como ningún otro político contemporáneo, tiene muy claro el vínculo entre cultura política y pueblo, aprendido en sus largos recorridos por el país.

La cultura popular no es individualista; está hecha con la creencia de que el poder de las autoridades debe ser ejercido para el bien común; la que exalta el egoísmo y la libertad individual para perseguir sus propios fines, es la cultura sajona.

Nuestras clases medias persiguen ideas importadas para sentirse modernas, para decir que creen en las leyes y en las instituciones, pero vienen de sectores tradicionalistas que lo esperan todo del magnánimo gobierno y que responden a redes directas de familiares, compadres y amigos.

El activismo social de nuestra cultura tradicionalista frente al poder, no relaciona el bien común con el propósito de establecer relaciones igualitarias, sino para que a cada quien se le haga justicia y para ello, esta misma cultura política, acepta que el mandatario tenga amplios poderes.

Hace no mucho tiempo, medio siglo, el presidente de la República representaba un mandatario al que la población le atribuía capacidad para gobernar con magnanimidad en bien de la justicia, el lema que el PRI abandonó en aras de la modernidad neoliberal.

Personeros de la modernidad neoliberal están alarmados por el poder institucional y social que va reuniendo López Obrador; hay que ver, sin embargo, que el gobierno dividido que propició el neoliberalismo debilitó en extremo a la nación; reconstituir el Estado en todas sus capacidades, es condición necesaria para incursionar en un futuro nacional y global sin precedentes.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.