Cien días de nuevas reglas
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Cien días de nuevas reglas

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Cien días de nuevas reglas

14/03/2019
Actualización 14/03/2019 - 14:49

Las 'mañaneras' de López Obrador han sido, por más de sesenta ediciones en los primeros 100 días de su gobierno, el despliegue de una concepción ética de las reglas que según él, deberían regir, no sólo al gobierno y a los poderes públicos en general, sino a toda la sociedad.

El propósito reiterado del presidente es provocar cambios en los hábitos morales en los que se basa la conducta de cada uno al convivir como ciudadanos.

Incidir desde el poder público en la moral social, puede ser criticado como una intromisión en la privacidad del individuo, en sus creencias, sus pensamientos, sus emociones y sus sensaciones.

Sin embargo, es un hecho que no hay proyecto político, con visión histórica de largo plazo, que se sostenga sin el apoyo de una ideología y de un sistema valores que repercuta en el orden cultural.

El neoliberalismo tuvo éxito en contagiar su idea de la sociedad, como una individualista y meritoria, igualitaria en derechos, en la que la suerte de cada uno es considerada un asunto estrictamente personal.

Resulta ineludible que en una sociedad con tremendas diferencias económicas, a la igualdad liberal de derechos la desmienta la realidad material a cada paso.

¿Y qué propone el neoliberalismo ante la desigualdad económica? Aceptarla como resultado inevitable de la desigual distribución del ingreso que genera el mercado de manera natural.

La prioridad neoliberal es proteger la libertad de mercado de distorsiones como las que provocan causas políticas o sociales que quisiera intentar el Estado (como los precios de garantía agrícolas, que han escandalizado a algunos). Las correcciones de la desigualdad aceptables son asistenciales.

El proyecto político de López Obrador prioriza el atemperar las desigualdades y la violencia, objetivos contra los que nadie podría estar en contra.

Los medios para avanzar con ese rumbo son la recuperación de las capacidades institucionales y financieras del Estado, la aceleración de las inversiones públicas y privadas, nacionales y extranjeras, y mantener un discurso que genere y sostenga expectativas de un mejor futuro colectivo.

Si el rumbo está claro, los medios aún deberán consolidarse, y rápidamente: la institucionalidad del país está maltrecha por efectos de la corrupción, de la delincuencia, por la desconfianza ciudadana en su capacidad de hacer valer los derechos más elementales, y por su propio anacronismo. Muchos ven tentaciones centralistas y la restauración de una hegemonía política en López Obrador, que habrá que atemperar.

A la recaudación y reorientación del gasto del gobierno se le reconoce que cuida el equilibrio fiscal, pero no ha convencido de que vaya a tener capacidad financiera para afrontar los compromisos que se arrastran y los del gasto programable que ha asumido.

Mucho depende de la aceleración del crecimiento económico; la apuesta del gobierno es que el consumo que detonará la derrama de dinero de su política social, será estímulo para acelerar las inversiones empresariales.

Quién sabe, ¿cómo evitar que ese mayor consumo se pierda en la compra de productos chinos, en vez de motivar mayores inversiones en la planta productiva del país? Además, el estímulo del consumo a las inversiones productivas más efectivo es el de las clases medias, no el destinado a cubrir necesidades básicas, y aquel depende de la suficiencia y calidad de los puestos de trabajo.

En sus 'mañaneras' López Obrador va cerrando distancias entre ciudadanía y gobierno, y perfilando nuevos paradigmas de conducta pública y social que han despertado expectativas de que se puede reducir la corrupción y la violencia, fenómenos a los que estábamos acostumbrándonos, si no es que ya los habíamos 'naturalizado'.

Pero esos son los medios. La propuesta, que además de económica y política, debe tener sustento ético, es abatir las desigualdades para elevar la calidad de la vida de todos, pobres, clases medias y ricos, con mejor salud física y emocional, con un medio ambiente limpio, con dignidad y como AMLO suele repetir, con honestidad para ser felices. De ahí se desprende la necesidad de una Constitución moral para cambiar patrones racionales y emocionales del país.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.