Ayuden mamás
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Ayuden mamás

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Ayuden mamás

10/01/2019

Para abatir la corrupción, la delincuencia y la extrema violencia que se vive en extensas zonas del país, sirve que las autoridades no sean las primeras en delinquir, pero no basta; hay que cerrar la pinza y para eso se necesita la ayuda de la sociedad. Es interesante, por eso, que el presidente López Obrador le haya pedido “a las madrecitas que nos ayuden con sus hijos”.

Al hacerlo, dijo que “las madres quieren mucho a los hijos y nunca una madre va a aceptar que un hijo comete un ilícito”. Habrá muchas que no lo acepten, pero a otras habrá que convencerlas de que no deben aceptarlo, porque tienen en sus manos mucho de lo que se necesita para pacificar al país.

Un joven médico, amigo mío, cometió la imprudencia de bajarse de su coche a comprar cigarrillos en una tiendita de Jojutla, Morelos, alrededor de las 8 de la noche. Tres jóvenes armados lo subieron al coche en el que ellos iban, porque no se habían dado cuenta de que su víctima llevaba el suyo; fue un secuestro al azar.

Al saber del otro coche, los secuestradores regresaron con toda calma para llevárselo; al doctor lo trasladaron a un paraje y mientras lo amedrentaban, escuchó que uno de los adolescentes llamaba por teléfono a su mamá para decirle que no llegaría a dormir porque tenían un secuestrado que cuidar. Con esas palabras.

De la petición del presidente y del incidente que sufrió mi amigo, me queda claro que muchos delincuentes no tienen el freno de sus familias y particularmente, de sus mamás, y que si lo tuvieran habría mucho menos crímenes y se cometerían con menos violencia.

El problema es convencer a miles de madres, que también son víctimas del entorno social agreste y de la pobreza, que está mal robar, extorsionar o matar a gente para quitarle lo que necesitan y que sienten que injustamente no tienen.

No quiero decir que la pobreza genera delincuencia automáticamente. Si así fuera, México sería un país con mayoría de pobladores delincuentes. Lo que sí orilla a cometer ilícitos a los jóvenes, a formar pandillas u organizaciones más complejas para delinquir, es la pérdida de expectativas de encontrar una ocupación decente y de que, dedicándose a ella, pueda mejorar su posición social.

Ya son muchos años desde que se detuvo la movilidad social y mucho tiempo para que las organizaciones criminales se multiplicaran; el gobierno está obligado a oponerles la fuerza policíaca, aunque esa no es la solución de fondo ni permanente.

La restauración de la autoridad moral de familiares y de las mamás, sí que lo sería. Sara Sefchovich dice en ¡Atrévete!, un libro contra la violencia que publicó en 2014, que no hay que esperar los cambios de una élite corrupta y venal, sino de que los ciudadanos nos hagamos cargo de la inseguridad. Una sin la otra no puede hacer mucho.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.