Contracorriente

Dos modelos de desarrollo

Para prosperar, una economía capitalista de mercado necesita un gobierno que impulse el crecimiento en una dirección más inclusiva.

Todas las encuestas sobre intención del voto le dan a la candidata presidencial de Morena, Claudia Sheinbaum, una muy amplia ventaja sobre la abanderada del Frente Amplio por México, Xóchitl Gálvez. Sea cual sea la motivación del electorado en favor de una u otra de las contendientes, lo que está realmente en juego, como pocas veces en la historia, son proyectos políticos muy diferentes.

El de Gálvez ofrece y promete restablecer el orden que ha alterado el gobierno de López Obrador para ahora sí, proceder con eficiencia y eficacia y honradez a conseguir un crecimiento económico con amplias libertades económicas y políticas.

Detrás de esas libertades exaltadas durante los últimos cuarenta años, estuvieron mal encubiertos, montañas de privilegios fiscales, programáticos y legales favorables al poder económico de algunas empresas en perjuicio de las de menor tamaño, lo que impide el desarrollo de la competitividad basada en eficiencia organizativa y tecnológica y por supuesto, hacen inviable la equidad económica y social entre empleadores y sus trabajadores.

¿De qué ha servido, por ejemplo, el alto crecimiento de las exportaciones, y de las maquiladoras, principal motor del crecimiento de la economía durante décadas, si para lograrlo se mantuvieron malas condiciones laborales que, en vez de atenuar, acentuaron las desigualdades y amplificaron la pobreza en el país?

Ni una idea en el discurso del Frente Amplio por México que insinúe separar el ejercicio del poder público de los muy concentrados intereses económicos que con “libertad y democracia” se han beneficiado en perjuicio del interés común; ni media palabra acerca de la pobreza que apuntara a las desigualdades como su causa y como el mayor problema del país. Mejor decir que el problema de la desigualdad es que causa envidia a los que tienen menos o nada.

Por supuesto que la gestión de López Obrador se ha propuesto “descomponer” lo que ha podido de un orden establecido, que durante décadas ha favorecido a muy pocos grandes intereses en perjuicio del desarrollo económico, tecnológico y laboral, del país.

Algo se ha avanzado en los términos de contrataciones laborales y en tratar de hacer efectiva la democracia en el sindicalismo obrero, que habrá de posibilitar que sus intereses tengan un mayor protagonismo en los debates sobre ingresos y distribución de la riqueza.

Equilibrar la gestión de las contrataciones, mejorando las capacidades negociadoras de los trabajadores, no solo es esencial para alcanzar un crecimiento inclusivo: ya se ha demostrado que impulsa la productividad y el crecimiento en el largo plazo.

La economía no crecerá por sí sola en una dirección socialmente conveniente. El Estado tiene un importante papel que desempeñar y para ello, tiene que recuperar capacidad de acción como depositario de la soberanía nacional que es.

El discurso de Sheinbaum no es anticapitalista ni antiempresarial ni contrario a la propiedad privada, como se está divulgando, sino anticolonialista contra fuerzas internas que han logrado establecer un orden jurídico y una red de influencias políticas que les ha permitido abusar de su poder de mercado.

Para prosperar, una economía capitalista de mercado necesita un gobierno que impulse el crecimiento en una dirección más inclusiva, lo que redunda en inversiones productivas a partir del estímulo que son los mercados internos crecientes. El ritmo que ha ido ganando el crecimiento económico de México estos últimos años, se atribuye en buena parte a un mayor poder de compra del mercado interno.

Tampoco es que sea muy original el cambio de modelo económico que López Obrador ha impulsado y que Sheinbaum continuaría; en varios países se están desarrollando corrientes preocupadas por las desigualdades como un factor amenazante del sistema capitalista; en una de esas corrientes, que se identifica como el Consenso de Cornwall, por referencia a la reunión del G7 de 2021 en Cornwall, Inglaterra, han contribuido Thomas Piketty y Mariana Mazzucato, además de los premios Nobel Joseph Stiglitz y Paul Krugman.

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