En el espejo de Washington

To Biden or not To Biden

Los demócratas estarían jugando con fuego si sus principales cartas electorales se limitan al gran disgusto y temor que genera Donald Trump en amplias capas del electorado.

Dos refranes: “No se cambia caballo a mitad del río” y “más vale tarde que nunca” condensan las cada vez más ruidosas discusiones al interior del Partido Demócrata sobre la nominación de su abanderado en la elección presidencial de noviembre.

La idea de que sea Joe Biden quien enfrente a Donald Trump es cada vez más preocupante por múltiples y ominosas señales.

Antes de anunciar en abril del 2023 su decisión para buscar la reelección, Biden había dado señales de que buscaría concentrarse en un solo periodo e incluso había mandado el mensaje de que sería un “puente” para abrir paso a nuevas generaciones de liderazgos.

Los buenos resultados en la elección del 2022 donde los demócratas mantuvieron el Senado y perdieron la mayoría en la Cámara de Representantes, por mucho menos asientos de lo esperado, aunado a una buena marcha de la recuperación económica pospandemia y unas gotas de egolatría, probablemente lo alentaron a tomar esa decisión.

Pero las cosas han cambiado y no para bien. Biden no es un presidente popular, al día de hoy, un 56 por ciento de la población lo rechaza y solo el 39 por ciento aprueba su gestión. Comparado con otros presidentes mal evaluados, Biden va peor, está por debajo de los números de Jimmy Carter, George H. Bush o el propio Donald Trump. No pareciera que pueda bajar más, pero tampoco se ve cómo pueda subir.

Las encuestas rumbo a la Casa Blanca lo ponen ligeramente por debajo de Donald Trump, pero lo que más alarma es que esta ventaja se refleja también en estados clave que pueden inclinar la balanza como: Arizona, Georgia, Michigan y Nevada.

El principal problema de un presidente que ha hecho una buena gestión en términos económicos e incluso ha salido avante en la reconstrucción de sus alianzas internacionales, es que se le ve viejo, muy viejo, para despachar otro periodo desde la Casa Blanca.

Según una reciente encuesta de IPSOS, el 86 por ciento de los estadounidenses cree que Biden, de 81 años, es muy viejo para cumplir otro mandato como presidente. Donald Trump tampoco es un jovenazo, 77 años, por lo que 59 por ciento piensa que ninguno de los dos debería estar en la boleta. Sin embargo, destaca que exclusivamente un 27 por ciento piensa que solo Biden es demasiado mayor.

Muy preocupante y poco alentador para su futuro electoral resulta que la gran mayoría de votantes (incluso la mitad de los demócratas) sientan que el presidente carezca de “la salud física y mental necesaria para ser presidente por un segundo mandato”.

En días recientes, el tema ha saltado a la primera línea de la cobertura mediática a partir del informe del fiscal Robert Hur que, por un lado, lo exoneró por el asunto de los documentos confidenciales retenidos por Biden en su casa, pero por el otro, dejó un dardo envenenado en su informe al describir al presidente como un “anciano con mala memoria”.

La publicación del reporte ameritó que Biden saliera a medios a defender su caso y a quejarse de la mala leche del fiscal, pero el remedio salió peor que la enfermedad al mencionar que había hablado con Abdulfatah al Sisi, ¡presidente de México! (lapsus lacaniano explicable por la enorme importancia que tiene la crisis en la frontera para su futura reelección).

Trump también se equivoca y mucho, pero su imagen comunica mayor estamina y fortaleza, el bronceado falso también le ayuda y su constante actitud beligerante transmite la idea de vitalidad. Por comparación con Biden, su edad le afecta menos de lo que debiera.

Si Kamala Harris fuera una vicepresidenta popular, la salida de este atolladero sería más fácil para los demócratas y bastaría que Biden le pasara el bastón de mando, pero lamentablemente para su partido, para los Estados Unidos y para el mundo en general este movimiento está lejos de garantizar un buen resultado.

El asunto con Kamala es complicado porque sería muy sensible que un hombre viejo blanco decidiera unilateralmente sacar de la jugada a una mujer negra más joven que él, alienando a estos sectores del electorado. No obstante, quizá este no sea un callejón sin salida y pudiera abrirse la puerta para que ella luchara abiertamente para ganar la nominación, compitiendo con otros liderazgos demócratas que tienen fuerza y son una buena alternativa tanto para los electores demócratas como para los independientes y el puñado de republicanos moderados que aún existen.

En un escenario de recambio ya empiezan a sonar nombres relevantes, especialmente gobernadores con presencia nacional y buenos resultados como Gretchen Whitmer (Michigan), Josh Shapiro (Pennsylvania), Gavin Newsom (California), Jared Polis (Colorado) y J. B. Pritzker (Illinois).

Es muy riesgoso que los demócratas no den un golpe de timón, pues si apuestan a la inercia hay demasiados indicios que apuntan a que se les puede acabar la gasolina antes de llegar a la meta.

La inercia y el piloto automático implican una estrategia de alto riesgo. Los demócratas estarían jugando con fuego si sus principales cartas electorales se limitan al gran disgusto y temor que genera Trump en amplias capas del electorado y al profundo rechazo de las mujeres y los jóvenes a las medidas restrictivas al aborto derivadas de la anulación de Roe vs. Wade. Todo indica que deben cambiar su juego, en la mesa se encuentra el futuro del mundo.

Guido Lara

Guido Lara

CEO Founder LEXIA Insights & Solutions.

COLUMNAS ANTERIORES

Biden y Trump, empatados
Trump y la violencia

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.