Opinión Gerardo Herrera Huizar

Welcome, Mr. Biden

En pocas horas habrá en el país más poderoso del mundo, a la postre nuestro principal socio comercial, una nueva administración.

Entre la opacidad y la indefinición arranca la nueva agenda de la relación bilateral México-Estados Unidos, pero con anuncios que no auguran ni miel ni terciopelo.

La diplomacia supone cordialidad, aunque se apuñalen, eso sí, cortésmente, quienes, entre sus tareas, ostentan las nobles misiones de representar al Estado fuera de las fronteras, con una formación ad hoc y especializados en manejar y destrabar los nudos que se tejen en la compleja relación con el exterior cuando su misión fundamental y su razón de existir, es la búsqueda de los mejores beneficios al interés nacional.

Con frecuencia, ese término de 'interés nacional' parece disociarse o no concordar con el interés coyuntural del gobierno en turno, con sus principios, aspiraciones o ideología. Pero el interés nacional, ni debe ser coyuntural, ni sujeto de circunstancias temporales.

Es frecuente también -y de eso da cuenta la historia mexicana- que se subordine el 'interés nacional' a las ideas personalísimas del gobernante, a sus sueños de antaño y se obnubile, por ocurrencia o incapacidad gestora, la realidad patente.

Cierto, cuando la meta es la captura del poder por el poder mismo, lo natural es que se pierda la visión de las finalidades de ese poder y que, una vez alcanzado, no se sepa qué hacer con él. Esto deriva en la ocurrencia cotidiana que pretende justificar la acción, pasada, presente o futura del ejercicio de gobierno.

En pocas horas habrá en el país más poderoso del mundo, a la postre nuestro principal socio comercial y, encima, per sécula seculórum, nuestro indefectible vecino, una nueva administración, un gobierno que anuncia una nueva dinámica en el ejercicio del poder dentro de la ortodoxia afectada, a todas luces, por la administración que fenece.

El gobierno mexicano recibe a la nueva administración, no necesariamente con gran cortesía, los mensajes emitidos o, más bien, omitidos sobre la elección norteamericana, el silencio prudente sobre la irrupción violenta en el Congreso norteamericano, las divergencias planteadas en torno al TMEC y, más recientemente, el tratamiento legal sobre personajes nacionales inculpados en Estados Unidos, aderezado con los comentarios del propio mandatario mexicano, no auguran, de inicio, una tersa relación entre estos dos vecinos, cada vez más distantes por voluntad propia.

Ya se han externado voces autorizadas de Estados Unidos que exhiben descontento sobre decisiones adoptadas en México en temas de envergadura y trascendencia que, obligadamente, impactarán el futuro de la relación, específicamente en materia de seguridad y comercio.

La especulación crece, pero las señales comienzan a hacer evidente un cambio de rumbo a partir del próximo miércoles, con ortodoxia o sin ella, el peso específico del gigante norteamericano en los temas que se ponen en la mesa, es enteramente dominante.

Bienvenido, señor Biden.

COLUMNAS ANTERIORES

Cuatro semanas, la continuidad en juego
Tentaciones, forma y fondo

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.