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Una retórica inversa

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Una retórica inversa

23/11/2020
Actualización 23/11/2020 - 14:37

Pese al optimismo expresado cotidianamente y, eso sí, desde muy temprano, respecto de la buena marcha de la república, expertos en diversas disciplinas, son reiterativos y contundentes en señalar que las cosas no van bien y que el país se encamina a escenarios extremadamente peligrosos en el futuro inmediato.

Al panorama, de origen, ciertamente complejo, se adicionan a diario temas altamente sensibles, que han venido siendo sorteados de manera coyuntural, con un tratamiento mediático intenso en sus inicios, para luego diluirse, paulatinamente, hasta quedar prácticamente en el olvido.

No obstante, la sucesión de los asuntos, por bien bateados que hayan sido desde el púlpito oficial, quiérase o no, van sumándose a la extensa bitácora política en la que cabe de todo: desencuentros, agresiones, vituperios, decretos, elecciones entre inconvenientes, señalamientos de corrupción, violencia, inseguridad, pobreza, desempleo, confrontación y, desde luego, las decenas de miles de decesos por la mortífera enfermedad que nos tiene sometidos, confinados y en los nada prestigiosos primeros lugares a nivel mundial.

La comunicación optimista de todos los días ofrece un paisaje florido de la circunstancia nacional. Aquellos que se resistan a verlo o aceptarlo, son, simplemente, ciegos, abyectos personajes del conservadurismo más rancio, beneficiarios de la corrupción de antes, enemigos de la indispensable transformación de la vida pública, no sólo son adversarios, sino enemigos del pueblo que se resisten a renunciar a sus privilegios. Cualquiera que no comprenda o rechace los nobles propósitos puede considerarse, al menos, un necio.

Sin poner, desde luego, en tela de juicio la vocación transformadora de la administración, que, por otra parte, fue anunciada desde los postulados de campaña, dados a la observación de la realidad doméstica, sólo por mera terapia contra el encierro y la nefasta RENATA a donde el impertérrito espíritu transformador ha conducido a miles de burócratas profesionales y a millones de empleados de giros diversos, atentos siempre al mensaje matinal que da cuenta del acontecer de la nación, tras una profunda y sesuda reflexión, arribamos a una primera conclusión: nuestra distorsionada percepción de la realidad y la incomprensión del mensaje cotidiano con que se acompaña, placenteramente, el primer café del día.

Y es que, seguramente, nuestros arraigados prejuicios respecto a la excelencia del servicio público, la constitucionalidad, el Estado de derecho y otras tantas telarañas de formación fifi, obnubilan el buen juicio y nos impiden apreciar en su justa dimensión lo bien que estamos, la armonía con que se conducen los intercambios sociales, la solidez del pacto republicano y federalista, el saneamiento, la moralidad y la eficacia institucional, la defensa de las libertades ciudadanas, la protección de la vida y la propiedad de los habitantes, la paz, seguridad, progreso, dicha y felicidad que son, hoy, y no como antes, baluartes de nuestra convivencia.

Sólo los abyectos, los necios, los privilegiados de ayer, los ricos, los que estudiaron, los que se beneficiaron con un empleo o con sistemas de salud, cierran los ojos a esa nueva y boyante realidad y se obstinan en señalar sombras donde hay luz, errores donde únicamente hay aciertos, abuso donde se privilegia el respeto o censura donde campea la libertad.

Todo aquel cuyo espíritu crítico tenga una percepción diferente, es un afectado mental, tal cual la niña de la familia P-Luche o el tierno infante del cuento que, en su inocencia, privó al rey de su imaginario ropaje.

Centrarnos apaciblemente en el diario mensaje, al calor de una taza y regodearnos de los progresos de las últimas 24 horas, ha de llevarnos a estados lúdicos y paraísos artificiales.

O podemos, simplemente, a manera de catarsis, retornar al devastado paraíso, con toda su tragedia, mediante una lectura inversa.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.