La crisis después del virus
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La crisis después del virus

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La crisis después del virus

04/05/2020

Complejo y desolador panorama. Por más optimista que sea la actitud y por más aplomo frente a la realidad, se ve que las cosas no pintan bien. La contingencia ha venido a desnudar la fragilidad y las vulnerabilidades del sistema social en su conjunto.

Los males que hoy vive la república, menospreciados e incluso fomentados en el transcurso de pasadas administraciones, se fueron acumulando con el paso del tiempo, permitiendo, por negligencia, incapacidad, connivencia o corrupción, la conformación de una masa crítica que puede estallar en cualquier momento.

El desplome de la economía con presagios de un agravamiento por la parálisis de la actividad, con los efectos nocivos en el empleo, la dependencia histórica de la renta petrolera y el desaliento en la inversión privada es un factor determinante en las estimaciones del futuro inmediato para México, nada optimistas.

La violencia criminal continúa en aumento, las organizaciones delictivas, los cárteles diversifican su actividad, se enseñorean en vastos territorios asumiendo el control y desplazando a la autoridad que se percibe, cada vez más, incapaz de contenerlos. La fuerza que van adquiriendo los grupos criminales en contingente, movilidad, organización, capacidad de fuego, recursos y libertad de acción, en paulatino crecimiento, contrastan con la vulnerabilidad a que están expuestas las fuerzas del orden que, con los mismos efectivos y dispersos por toda la geografía, deben cumplir tareas disímbolas, que van desde la custodia de los puntos de pago de los programas sociales, hasta la construcción y operación de hospitales ante la emergencia sanitaria, mermando, en consecuencia lógica, su capacidad de operación.

Mientras tanto, la delincuencia se manifiesta retadora, con actos de propaganda armada, como sucedió recientemente en Zacatecas y con actividades 'altruistas' mediante el reparto de despensas a la población civil, que son difundidos profusamente en redes sociales. Los grupos de autodefensa, en respuesta, anuncian su reactivación en Michoacán, para contener a sus rivales.

La corrupción, con sus diferentes manifestaciones, cuyo combate constituye la médula de la política de la actual administración, no ha podido ser erradicada. Un panorama confuso y complejo, catalizado por la crisis sanitaria, abre espacios generosos al abuso, la complicidad y la opacidad, no sólo en adjudicaciones de contratos o adquisiciones de recursos indispensables ante la emergencia, sino mediante la especulación, el acaparamiento o el incremento de precios.

La discordia y la confrontación entre diferentes sectores y actores relevantes en el ámbito político, empresarial o mediático, adereza la confusión y la complejidad de la circunstancia.

Vistos en conjunto y en perspectiva, todos estos factores tendrán un impacto inmediato en la estabilidad social y la paz pública una vez que la pandemia deje de ser el foco de atención, dejando una estela de complejidad y potencial conflicto, por los naturales efectos en el ánimo social, la capacidad de atención a las necesidades básicas de sustento, a causa del desempleo y la incertidumbre y el miedo ante la delincuencia y la violencia criminal incontenible.

En suma, no es aventurado suponer escenarios turbulentos que, citando a Mora, pueden producir en el ambiente social “un estado de ánimo propenso a todos los extremos”.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.