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El Leviatán y el lobo

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El Leviatán y el lobo

14/09/2020
Actualización 14/09/2020 - 16:06

No es sólo el elemento fundamental de la orientación de los destinos de una nación hacia el logro de sus más caros anhelos, hacia la conquista y conservación de los intereses colectivos y la consecución de los a veces tan difusos y versátiles objetivos nacionales.

Es producto de las experiencias, los deseos, las penurias y la ventura de los pueblos, que les generan una identidad colectiva y las voluntades de trascender hacia el progreso, la bonanza y la felicidad.

Es la ley que, en principio, estructura a la gran entelequia, al Leviatán que se nutre de las voluntades y soberanías individuales para erigirse en soberanía colectiva y constituye el poderoso y robusto cuerpo al que han de cederse facultades tanto de dictado como de sanción: el Estado.

Es la ley la que delinea el orden jurídico, las reglas del juego a que deberán someterse, por igual, tanto las instituciones colectivas como los individuos, con facultades, limitaciones, derechos y restricciones previamente acordadas y claramente establecidas, con la única finalidad de evitar el abuso del más fuerte sobre el más débil, el hobbesiano “estado de naturaleza”, que hace del hombre el depredador de su propia especie.

Desde su más alta jerarquía, el espíritu de la ley establece los límites de actuación del poder y las reglas de conducta de éste y de los individuos, las facultades, derechos, obligaciones y los controles que les dan equilibrio y que hacen posible la concordia entre los intercambios sociales, el orden en la vida de la polis, el acuerdo o el desacuerdo respetuoso, el consenso o el disenso, por las vías de la razón y no de la fuerza. Se establece así, un 'contrato', entre la sociedad que cede facultades y el poder que las asume, con los linderos de actuación de cada cual, perfectamente definidos.

Más un Estado de leyes no es, necesariamente, un Estado de derecho. Cuando, por muy robusto que sea el corpus normativo y detallados sus contenidos, la norma no se aplica o se torna discrecional y caprichosa; cuando por muy articulado que sea el entramado institucional se ve rebasado por la incapacidad, la negligencia o el interés personal de quienes lo conforman, el Estado de derecho deja de existir o simplemente se pervierte.

Pero, cuando impunemente, dejan de cumplirse las reglas del juego, por uno y otros, inevitablemente se retorna al estado de naturaleza, a la lucha de todos contra todos, a la depredación de la propia especie.

El temor, la angustia, la desesperación y el odio condicionan entonces la relación colectiva, la concordia desaparece y el progreso y la felicidad se ausentan.

Pero lo verdaderamente terrible resulta cuando el ente erigido en soberano por quien le ha cedido parte de su soberanía ahora le subyuga, antes que protegerle, cuando el propio Leviatán fomenta la discordia, la confrontación o el abuso.

Cuando esto sucede, el Leviatán mismo se convierte en lobo.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.