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Despojados

20/04/2020
Actualización 20/04/2020 - 16:02

Quizá el efecto más pernicioso de la crítica situación por la que atraviesa el mundo, y México no escapa a ello, es el despojo producido por el invisible y amenazante enemigo generador de la pandemia, en todos los aspectos de la vida en sociedad.

El famosísimo Covid-19 ha obligado al confinamiento de las personas como medida primaria para paliar la expansión del contagio, despojándolas, en consecuencia, de la más elemental libertad de movilidad, de interacción abierta y contacto físico entre ellas.

La reclusión obligada va teniendo una repercusión directa y acentuada en la capacidad de las empresas, particularmente las micro, pequeñas y medianas para mantener su planta laboral, despojando así a miles de empleados de los recursos mínimos indispensables para el sostenimiento familiar, lo que conduce también al despojo de la tranquilidad y al incremento de la angustia social.

Los pronósticos oficiales apuntan a la extensión del periodo de aislamiento en casa, mostrando cierto optimismo y produciendo un mensaje de que todo está bajo control, sin menospreciar la gravedad de la situación, pero esto contrasta con la difusión de relatos en redes sociales, con una abundancia tal desde notas alarmantes hasta recetas caseras para combatir la enfermedad que lo único que producen es más confusión, incertidumbre y temor.

La incertidumbre y el desconcierto van despojando, paulatinamente, de la confianza social en las medidas que se toman en las instancias oficiales y consecuentemente se pone en duda la realidad de la información vertida cotidianamente y las capacidades para contener la epidemia.

Los mensajes cruzados entre diferentes instancias gubernamentales, empresariales, sociales y medios de comunicación con señalamientos sobre las carencias existentes en los sistemas de salud locales o la falta de veracidad de las cifras informadas, han introducido un ingrediente de mayor desconfianza, involucrando a figuras públicas en el debate y enrareciendo el ambiente, de por sí confuso y atemorizante. Se despoja, de alguna manera, la sana cordialidad que debe existir en la relación interinstitucional, social y privada.

Se ha anunciado ya, dada la experiencia en otras latitudes, que lo peor está por venir, pero las lesiones y las lecciones ya van quedando asentadas, no sólo en materia de salud, sino en el modo y la forma como interactuamos socialmente.

Se anticipan severos efectos en el sistema económico y financiero, en la estabilidad geopolítica y en los sistemas sociales. La generación de un nuevo orden que será establecido en función de la respuesta a la pandemia por los poderes globales, las ideas conspirativas se suceden, señalando al brote mortal como el vehículo para la dominación mundial, el control absoluto de los seres humanos y, consecuentemente, la restricción de sus libertades.

Versiones de esta naturaleza, que parecen extraídas de novelas de terror futurista, quizá no estén tan alejadas de la realidad, dados los antecedentes documentados de ejercicios con escenarios hipotéticos muy similares a la circunstancia presente, los avances científicos y la dependencia creciente del ser humano de la tecnología, que ha modificado, radicalmente, nuestra forma de vida.

Pero tal vez la crisis sanitaria tenga algunos efectos positivos en nuestra conducta, previsión y manera de hacer las cosas, como personas y como sociedad. Posiblemente nos haga reflexionar y nos despoje de la venda que cubre nuestros ojos.

Ya veremos.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.