Cuarta república
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Cuarta república

16/07/2018

No hay plazo que no se cumpla ni fecha que no llegue, reza el proverbio. Para México, la fecha llegó y aunque los plazos no se cumplan todavía, la operación del virtual, que luego será real y finalmente ungido, se ha puesto en marcha a todo vapor, con un discurso de cambio que mucho suena a revancha, tocando particularmente a la administración pública.

Como es tradición, cámaras y micrófonos han cambiado de escenario y la atención se centra en los virtuales. En la cúpula se reconcilian los otrora voraces y acérrimos adversarios. El discurso, antes lapidario y soez, se modera, se extingue, se edulcora.

Pero, paradójicamente, los usos y costumbres de la vernácula política mexicana se reciclan. En la práctica, no se aguarda el deceso del monarca para ir tomando las riendas del reino, basta con su agonía.

Declaraciones y nombramientos se suceden generosamente. La virtual corte y los copiosos decretos reformadores aguardan sólo la campanada final del último día de noviembre para arrancar con todo vigor la tan anhelada transformación nacional. No se entiende aún con certeza la seguramente infalible idea del capitán, al fin, si se equivoca, mandará de nuevo. El buque aguanta todo.

En tanto, la corte en funciones prepara las exequias y alista menajes para abandonar palacio. Nostalgia, tristeza o temor en los virtuales desahuciados ante las advertencias de los virtuales nuevos cortesanos, dejando a su suerte, como es costumbre, un vasto contingente de sirvientes, empleados asalariados que no han hecho más que traducir en acciones, con su mejor experiencia y talentos, las decisiones del jefe en turno y que hoy, se les ha advertido, pagarán tal felonía con su mermado peculio.

Es temprano aún para entender la motivación y el puerto de destino, si habrá virtud o pasión, innovación u ocurrencia, visión o iluminismo. Siempre ronda al poder el fantasma de la tentación. Refundar la república o refundir a la república, será el dilema.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.