Administrar el riesgo
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Administrar el riesgo

15/06/2020
Actualización 15/06/2020 - 16:38

La convocatoria es clara y la decisión es incuestionable. Con el riesgo inherente, la vida debe retomar su curso y revertir el deterioro que estos meses de confinamiento han producido en el país.

Acometer la realidad con optimismo, sin temores y con las debidas precauciones es, en resumen, la consigna. Lo que se pone en la balanza, con un abierto pragmatismo es, por un lado, el mantenimiento de la reclusión, con un efecto incierto en el aplanamiento de la famosa curva, a todas luces de tendencia creciente, pero con un evidente, eso sí, impacto negativo de elevadas proporciones en la economía. Por otro lado, la prospectiva social y política de manera mancomunada, de cara a las elecciones intermedias que se avecinan y que son de importancia vital, tanto para el partido de la transformación como para sus adversarios.

Decisiones difíciles diría el clásico. Una elección racional entre dos alternativas autorreferentes, ambas, de riesgo y costo potencial elevado que ofrecen, en el mejor de los casos, escenarios pesimistas para la pronta superación de la crisis y el retorno a la concordia que también se ha visto erosionada.

Los pronósticos sobre cuánto tiempo nos llevará domar la pandemia, como se ha visto, sólo han producido incertidumbre, los plazos anunciados oficialmente por la autoridad sanitaria, los casos de contagio y decesos calculados son continuamente rebasados. Expertos en el tema han señalado que la enfermedad nos acompañará aún por un largo tiempo y deberemos acostumbrarnos a convivir con ella, en tanto no se tenga una vacuna.

Ante esta circunstancia, de manera práctica, parece no haber otra opción que resignarse, tomar con filosofía la adversidad y retornar a la actividad para tratar de limitar los daños ya causados y revertir la situación lo más pronto posible.

La reflexión parece ir en el sentido de que, si de cualquier manera nos vamos a enfermar, confinados o no, es necesario comenzar a frenar los impactos asociados, que han afectado, específicamente, el bolsillo de las personas, la calidad de vida de las familias y, consecuentemente, el humor social.

Cualquier escenario que se plantee, contiene elementos adversos: el mantener el cautiverio con magros resultados en la contención de la enfermedad profundiza el deterioro de la economía, se continúa con la pérdida de empleos y obviamente de potenciales electores.

Por otra parte, retornar a la actividad sin haber logrado un control razonable de la curva de infecciones y fallecimientos, sin la certeza de contar en breve con una vacuna que permita frenar la virulencia, ofrece el riesgo del incremento del contagio de manera exponencial, sin la garantía de pronta recuperación económica con el consiguiente desánimo social.

Es evidentemente una elección difícil ante una circunstancia altamente compleja que no deja mucho margen de maniobra ni ofrece una razonable garantía de éxito de cualquier curso de acción que se adopte. Como sea, la decisión ha sido tomada. Regresar a la actividad de manera paulatina, asumiendo el riesgo. Ya en otras latitudes se han tomado determinaciones similares, aunque en condiciones totalmente diferentes.

El discurso oficial se enfoca en ese sentido, el semáforo se va matizando para generar confianza y crear el ambiente para enfrentar la adversidad con optimismo, austeridad y valentía.

Es prematuro y aventurado, obviamente, predecir el resultado de las acciones que se han puesto en marcha, todo dependerá de la eficiente administración del riesgo que se ha asumido y de que el remedio no resulte, literalmente, más costoso que la enfermedad.

La moneda está en el aire.

El show debe continuar.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.