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2021, elección, pandemia y desencuentros

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2021, elección, pandemia y desencuentros

09/11/2020
Actualización 09/11/2020 - 14:43

Cualquier aproximación a los escenarios de corto plazo sugiere circunstancias poco promisorias para México y una alta complejidad política y social incentivada, a niveles de conflicto, por el impacto que la epidemia (y ahora el factor externo) tendrá aún en los meses por venir, en la economía, la política y en el ánimo de la ciudadanía, de cara al proceso electoral del año próximo, de cuyos resultados dependerá, sensiblemente, el curso de la gobernación, la relación interinstitucional y ahora también, el entendimiento bilateral con un nuevo gobierno de Estados Unidos, durante la segunda mitad del sexenio.

Las decisiones tomadas en materia política y económica desde el inicio de la administración han generado incertidumbre, desconfianza y rispidez en la relación del gobierno con importantes sectores sociales y políticos casi a niveles de ruptura. El argumento central para justificar las decisiones sigue siendo el combate a la corrupción y, cuando cabe, la necesidad de atender la pandemia.

Nadie, en su sano juicio, puede ir en contra de estos dos argumentos legitimadores. Desde luego que la corrupción ha sido, históricamente, el gran cáncer del ejercicio del poder y, en mucho, el origen de los grandes males que ha padecido la república y ha sido un reclamo generalizado, por décadas, acabar con las prácticas corruptas, tanto en el sector público como en el privado, ambos de la mano. Tampoco podría alguien oponerse a la indispensable atención de una catastrófica enfermedad como la que nos acomete y que día a día, incontenible, cobra cientos de vidas en todo el territorio.

El debate surge cuando se ponen en el rompecabezas nacional otros elementos de influencia, respecto a la coyuntura y las circunstancias, internas y externas, que pueden condicionar los verdaderos objetivos de las determinaciones gubernamentales sobre los recursos económicos, las asignaciones presupuestales y, muy específicamente, la extinción de los fideicomisos en áreas como ciencia y tecnología, investigación, cultura o gastos catastróficos, entre otros, que dejan en una gran incertidumbre la continuidad de proyectos.

En la práctica, la transferencia de los recursos de los fideicomisos extinguidos, justificada por la gran corrupción del pasado y que ya está siendo, a posteriori, analizada caso por caso, representa una concentración no sólo de los dineros públicos, sino, fundamentalmente, de poder real en el Ejecutivo federal, que le otorga la posibilidad de disponer de ellos de manera discrecional, de acuerdo con su muy particular percepción de las prioridades, cancelando todo tipo de intermediación, pero también todo tipo de certidumbre para el emprendimiento en los ámbitos afectados por la medida.

Apoltronados en un rincón de observación 'sospechosista', de cara a lo que ya se anticipa como una crisis multifactorial en el futuro inmediato, con desencuentros evidentes en la clase política, empresarial y social, con una polarización creciente y el desencanto paulatino de amplios sectores de la sociedad, resulta obvio que en la estrategia de campaña, una vez superada, al menos formalmente, la trifulca interna del partido oficial, las baterías se orientarán al robustecimiento de la base electoral y para ello harán falta ingentes recursos. La guerra, decía el Gran Corzo, se hace con dinero, dinero y más dinero.

La elección del año próximo, por su extensión, variedad y por ser la primera de esta nueva alternancia que convoca a la transformación radical de la vida pública de México es de importancia vital para la trascendencia del nuevo régimen o su prematuro sepulcro, sobre todo, si se le adiciona a la compleja relación interna, el pequeñísimo ingrediente de lo sucedido este fin de semana en las elecciones del vecino del norte, ejemplo que obligará a una profunda reflexión y consecuente ajuste de los objetivos y las estrategias domésticas para lidiar, razonablemente, con la nueva administración en Washington, pero también con el desencanto interno.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.