El silencio
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El silencio

28/11/2018
Actualización 28/11/2018 - 13:11

Un inicio y un final pactado, en los que el propio presidente de la República, Enrique Peña Nieto, pidió a sus colaboradores, en el inicio, no criticar la administración de Felipe Calderón, y en el final, a la de Andrés Manuel López Obrador.

En 2013, el primer mandatario pidió a los integrantes del gabinete que no hicieran declaraciones a la prensa, del estado en que habían encontrado a las distintas dependencias, la razón: que se estaba negociando el Pacto por México con panistas y perredistas.

Enrique Peña Nieto buscaba pasar a la historia como el presidente que logró que se aprobarán las tan ansiadas reformas estructurales y una vez más los priistas demostraron su disciplina y guardaron silencio ante los problemas que enfrentaron.

Si algún integrante del gabinete dio alguna entrevista para referirse a los problemas que dejó la administración anterior, de inmediato recibió la llamada de Los Pinos para pedirle que no entorpeciera las negociaciones.

Ahora, al final del sexenio, ya sin ninguna negociación, la petición que hizo el presidente Peña Nieto a quienes fueron sus funcionarios sólo puede explicarse con el pacto de no agresión que logró desde la campaña electoral.

Pero, finalmente, es lógico que ese pacto pueda romperse en cualquier momento, sobre todo después de que el presidente electo anunció que someterá a consulta si debe investigarse a los expresidentes.

No obstante, Peña Nieto mantiene su palabra y guarda absoluto silencio, al igual que los integrantes de su equipo. Las voces de su partido como oposición son casi inaudibles, pero todo esto tiene una fecha de caducidad y es el uno de diciembre.

Porque ya sin el poder presidencial, los priistas no tendrán a quién obedecer y vendrá su propia lucha por quedarse con los restos del partido.

Algunos optarán por enfrentarse al nuevo gobierno e intentarán convertirse en una oposición real; otros, que seguro serán la mayoría –como lo marca su ADN– optarán por la negociación con el poder, pero lo que sí es seguro es que tratarán de olvidar la historia de la hegemonía del Estado de México en su partido y en el país.

Damián Zepeda se puso a sí mismo en la lista de senadores pluris, desplazando a Marko Cortés, quien no llegó al Senado, y después se autoimpuso como coordinador del grupo, a pesar de que Ricardo Anaya le pidió que no lo hiciera. Por eso resulta cómico que ahora se queje de la imposición de Rafael Moreno Valle, como producto de un acuerdo de los gobernadores con Cortés, nuevo presidente panista.

Instalado en el berrinche, declara que no reconoce a su coordinador porque representa todo aquello contra lo que ha luchado en la vida. Es decir, se declara descoordinado.

¿Y qué es eso contra lo que ha luchado toda su vida? Ayer lo explicó en una entrevista en MVS: “Hay varias muestras de que Moreno Valle no representa los principios del partido, todos sabemos la manera de operar hacia afuera y hacia adentro, los estados donde ha tenido influencias son gobiernos echados en los brazos del PRI, en la pasada bancada operó en contra del PAN y a favor del gobierno”.

O Zepeda quiere vernos la cara de estúpidos a quienes lo escuchamos, escudándose en el “todos sabemos la manera de operar” o carece de valor para decirnos exactamente cuáles son esas formas y, de paso, explicarnos por qué las toleró cuando fue secretario general y presidente del PAN. Si Moreno Valle resulta un impresentable, Damián Zepeda tampoco se queda atrás.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.