El corredor keniano
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El corredor keniano

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El corredor keniano

02/04/2019
Actualización 02/04/2019 - 12:40

En un país muy, muy lejano, hace mucho, mucho tiempo, gobernó un corredor keniano que fue muy, pero muy modesto. Tanto que ni sus más entregados seguidores escribieron la historia de su revolución.

Su gobierno hizo grandes aportaciones a las ciencias exactas y sociales. A partir de entonces se sabe que los aviones no chocan porque se repelen entre sí; que donde hay un aeropuerto caben tres; que el clítoris y la mariguana tienen algo en común; que la astrología y la astronomía son lo mismo; que los tacos de carnitas son una celebración de la Conquista por un país extranjero.

Hubo también grandes descubrimientos nunca antes imaginados: que la corrupción se combate invitando a empresas que dan sobornos a funcionarios para obtener contratos; que las adjudicaciones directas son mejores que las licitaciones; que las mamás eran un arma secreta, letal y efectiva contra el narcotráfico; que los niños no necesitan vacunas ni pruebas de tamiz al nacer; que los aluxes existen, y que la Madre Tierra otorga permisos, si se sabe pedirlos.

Muchos avances, cierto, pero a él, en lo personal, no le han hecho justicia. Los historiadores de su país sólo dicen que encabezó la cuarta transformación nacional y sus homólogos europeos, siempre tan etnocéntricos, lo citan alguna vez a pie de página, porque exigió a la Corona española disculpas por hechos ocurridos 500 años antes.

Cierto, el presidente del Senado de su país lo comparó con el mismo Jesús, el Dios de los cristianos, y el presidente de la Cámara de Diputados lo llamó “un personaje místico, un cruzado, un iluminado”, pero nada de eso le hace verdadera justicia.

Ante tal injusticia, aquí me propongo recordar esa hazaña particular. Una hazaña que merecía el Premio Nobel de Economía, pero la envidia, ya se sabe, domina el mundo, especialmente el académico. El corredor keniano acabó con el liberalismo en sólo cuatro meses de gobierno. Un gran historiador, amigo personal suyo y director de la editorial más grande de su país, dijo que el neoliberalismo era obra del diablo, para resaltar la importancia de su victoria, pero hasta ahí.

El liberalismo y el neoliberalismo eran en sí mismos una doctrina económica que dominaba el mundo, incluso en países comunistas, como China y Cuba, que resistieron heroicamente, pero terminaron en sus brazos. Quizá el amigo del corredor keniano tenía razón, porque el libro que dio origen a esa corriente de pensamiento y acción, La riqueza de las naciones, fue prohibido y quemado en su época por la Santa Inquisición de la Iglesia católica.

La proeza del corredor keniano ocurrió así: un 18 de marzo dijo: “Quedan abolidas las dos cosas: el modelo neoliberal y su política económica de pillaje, antipopular y entreguista”. Así nada más, ¡qué proeza! Como el “Lázaro, levántate y anda”, pero al revés. No tuvo que escribir un libro ni utilizar más de 800 páginas de letra pequeña como Adam Smith, ni dar mil argumentos y contraargumentos para probar su tesis. Nada, sólo el poder de su palabra. Y al otro día su país vivía ya en el posneoliberalismo.

En sus conferencias de prensa, el corredor keniano insistía en que ya se vivía en la época del posneoliberalismo, pero la prensa, que nunca entiende nada, no lo reflejaba en sus ocho columnas. Quizá por eso su gran hazaña requiere el reconocimiento debido. Para resarcir en algo ese olvido, propongo que su frase se inscriba en letras de oro en el muro del Congreso de la Unión. Nunca más una gran hazaña debe quedar oculta bajo el resentimiento de los fifís, esa prensa fantoche, hipócrita y doble clara que hay en su país.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.