Perspectiva Global

La economía mexicana se aceleró en el tercer trimestre

Los indicadores mensuales más recientes como la producción industrial, la inversión y el consumo privado hasta agosto, muestran que la economía ha continuado creciendo.

La semana pasada el INEGI publicó el PIB para el tercer trimestre de 2023 (‘estimación preliminar’). La economía mexicana creció 0.9 por ciento con respecto al segundo trimestre. Una tasa mayor al 0.8 por ciento que se observó por igual en 1T y 2T. Cabe destacar que la producción agropecuaria (3.2 en 3T vs 0.7 por ciento en 2T) e industrial (1.4 vs 1.2 por ciento) crecieron a una tasa mayor a la del segundo trimestre. Por su parte, la tasa de crecimiento de la actividad en servicios fue marginalmente menor (0.6 vs 0.7 por ciento). Así, el PIB lleva un crecimiento anual acumulado de 3.5 por ciento en 2023 con respecto a los primeros tres trimestres del año pasado, en línea con un crecimiento mayor a 3.0 por ciento para todo este año.

En este reporte preliminar todavía no tenemos más detalle, sin embargo, los indicadores mensuales más recientes como la producción industrial de agosto (0.3 por ciento mensual y 5.0 por ciento anual) –por el lado de la oferta– y la inversión (3.1 y 31.5 por ciento) y el consumo privado (0.5 y 4.0 por ciento), también de agosto –de lado de la demanda–, muestran cómo la economía ha continuado creciendo. Si bien en el caso de la producción industrial, la manufactura no automotriz ha estado relativamente estancada o inclusive ha observado cierta contracción –en línea con la manufactura a nivel global–, la producción automotriz ha continuado mostrando fortaleza (10.1 por ciento anual).

Considero que el crecimiento acelerado en la producción automotriz se explica por dos razones. Por un lado, debido a que a raíz de la pandemia de Covid se generó una gran demanda de autos y otros vehículos en los Estados Unidos, que no pudo empezar a ser satisfecha hasta que se restablecieron las cadenas globales de suministro. En mi opinión, esta demanda todavía no ha sido satisfecha del todo. Desde personas que perdieron su vehículo en un accidente o fenómeno climático o que querían cambiar su auto o camioneta en el momento más álgido de la pandemia, hasta gente que compró su auto al inicio de la pandemia y que ya lo ha querido renovar, la demanda ha sido considerablemente grande.

Pero esto no es todo, por otro lado, considero que parte del incremento de la producción también se ha debido a una forma de nearshoring. Normalmente pensamos en este fenómeno de relocalización en términos de inversión extranjera directa (IED) y eventualmente un impulso a la manufactura por el incremento de la capacidad instalada de las empresas que reubican sus líneas de producción del Lejano Oriente o de Europa del Este a México. Sin embargo, parte del nearshoring también está presente en utilizar la capacidad disponible de las fábricas establecidas.

En cuanto a la inversión, lo que más ha destacado este año es el fuerte repunte de la inversión en construcción (47.4 por ciento anual en agosto). En mi opinión, esto ha ocurrido debido a tres factores: (1) repunte orgánico, habiendo sido uno de los sectores que se encontraba rezagado con respecto al resto de la economía, todavía en niveles por debajo de prepandemia en 2022; (2) aceleración del gasto de gobierno en las obras insignia del presidente López Obrador (e.g. Tren Maya); y (3) nearshoring porque, de nuevo, más que IED o un impulso manufacturero estructural, en la fase en la que nos encontramos se ha observado una aceleración en la construcción de parques industriales, en donde se prepara el terreno para que ‘aterricen’ las líneas de producción que se están reubicando. La fortaleza de la inversión ha sido una de las fuentes que ha impulsado al mercado laboral, cuya tasa de desempleo se ha ubicado en los niveles más bajos históricamente (desde 2005 que se tiene disponible la serie) por varios meses consecutivos, alrededor de 2.8 por ciento.

Así, el consumo privado ha podido mantener tasas de crecimiento elevadas durante el año, a pesar de que la inflación ha sido elevada (5.9 por ciento promedio en el año), aunque mucho menor que la de los dos años pasados (7.8 y 7.4 por ciento a finales de 2022 y 2021, respectivamente). Asimismo, el consumo ha estado alimentado por el fuerte flujo de remesas que llegan de los Estados Unidos, que han observado un crecimiento de casi 10.0 por ciento en lo que va del año, a pesar de que la fortaleza del peso y la inflación han restado poder de compra a quienes las reciben. Así, todo indica que el PIB, sin duda, puede crecer 3.3 por ciento en 2023, aun si no se llegara a observar crecimiento alguno en el cuarto trimestre del año. Juzgando por otros datos más oportunos, como el Indicador IMEF (Instituto Mexicano de Ejecutivos de Finanzas) –del cual me honro en ser miembro del comité que lo coordina, calcula y publica–, si bien la actividad económica parece haber empezado a desacelerarse al inicio del cuarto trimestre, se ve difícil que ocurra una contracción. De esta manera, como probablemente el mismo Banco de México caracterice este jueves en su comunicado de política monetaria, el balance de riesgos para el crecimiento se encuentra sesgado al alza.

Hacia delante, hay nubarrones en el horizonte. Sobre todo, el momento en el que el nivel de restricción monetaria en los Estados Unidos vaya a tener un mayor impacto en la actividad económica de ese país, que, sin duda, tendrá efectos en la economía mexicana. Si bien esto puede desacelerar el flujo de remesas, turismo y la fuerte demanda de vehículos, considero que el gasto electoral del gobierno, así como el esfuerzo por terminar los proyectos clave del gobierno antes de que termine el sexenio y el nearshoring, continuarán impulsando el crecimiento en 2024, en el que estimo un crecimiento de 2.1 por ciento (consenso: 2.0 por ciento).

* El autor es Economista en Jefe para Latinoamérica del banco Barclays y miembro del Comité de Fechado de Ciclos de la Economía de México.

* Las opiniones que se expresan en esta columna son a título personal.

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