Una pausa y una reflexión necesaria
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Una pausa y una reflexión necesaria

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Una pausa y una reflexión necesaria

11/02/2019

Las redes sociales nos vuelven impulsivos: detrás de un avatar, muchas veces desde la comodidad que brinda el anonimato, millones de personas se lanzan cada día a escribir críticas subjetivas, usualmente basadas en creencias u opiniones personales, casi siempre sin argumentos o datos duros. No es raro que esas críticas sean rápidamente suplantadas por ataques directos que están destinados a denostar y sacar de contexto todo intento de debate.

Ni las políticas de uso de cada red social ni mucho menos las legislaciones locales han logrado regular lo que ocurre en internet. La libertad de expresión y la idea de la red global como el último reducto donde, supuestamente, puede ejercerse de manera pura, han servido como pretextos para permitir conductas nocivas que atentan contra la construcción de comunidad y el crecimiento de las democracias. Medios que permitían el flujo libre de información de utilidad pronto se convirtieron en pantanos donde abundan las falsedades, y donde los trolls y bots se regocijan fomentando la desinformación y el bullying cibernético.

A escala global, ese afán de desinformar ha servido como herramienta política, aunque probablemente sin un cálculo claro de cuáles son los costos económicos y políticos a pagar a la postre. El Brexit puede ser un ejemplo de ello: las redes sociales fueron determinantes para moldear la opinión pública a favor de la salida del Reino Unido de la Unión Europea. Lo que parecía un consenso total en las redes sociales, en la práctica dividió a la población en mitades: los que apoyaban la salida y los que querían mantenerse dentro de la UE. Poco más de dos años después, todavía es incierto si se concretará este movimiento, a pesar de lo que se pudo vaticinar leyendo tuits en su momento.

El manejo de la mala información ha alimentado el resentimiento social en muchos países. En Estados Unidos y México sirvió a dos candidatos para ganar sus respectivas elecciones. En un esfuerzo por separar a los ciudadanos en buenos y malos, se ha perdido toda objetividad pues, sin importar el partido o el gobierno para el que se trabaje, la crítica sin sentido y sin argumentos ataca ferozmente, mostrando que, en el fondo, el resentimiento social probablemente tenga más que ver con una lucha de clases que con ideologías partidistas.

Para ejemplificar lo anterior tenemos el caso de la secretaria Olga Sánchez Cordero, quien recibió tremendas críticas en redes sociales por su patrimonio, presentado en la declaración que el presidente exigió a todo su gabinete. A una parte de la ciudadanía no le bastó el ejercicio de transparencia, ni que se cumpliera la instrucción girada desde lo más alto del Ejecutivo; para ellos, no hay riqueza bien habida, fruto del esfuerzo y el trabajo de años, todo bien adquirido genera suspicacia.

Lo que la secretaria Olga Sánchez Cordero generó en toda una vida de esfuerzos, lo hizo sin escándalos de corrupción de por medio ni acusaciones por malos manejos. Todo lo anterior, cabe decirlo, inmersa en el ambiente judicial, donde la presencia masculina es mayoría, y donde las mujeres lucharon y siguen luchando por derribar prejuicios de género, y por abrir, con su trabajo diario, aquellas puertas que antes e incluso ahora parecen abrirse exclusivamente para los hombres. Mi reconocimiento y solidaridad total para ella. Se pueden entender estos ataques como parte de los daños que conlleva una posición de su nivel, sin embargo, no son excusables, ni lo fueron durante los seis años de la administración de Enrique Peña Nieto, la primera que fue completamente escrutada en redes sociales, y cuyos servidores públicos fueron objeto constante de agresiones verbales infundadas.

Me llama la atención el caso de la secretaria de Gobernación porque, a pesar de pertenecer al partido gobernante y casi monopólico de la política en México, fue duramente criticada por su patrimonio, lo que resalta que las desigualdades marcan a profundidad, generan un descontento que extiende aún más la brecha hacia el entendimiento entre iguales.

Es cierto: estamos lejos de encontrar un punto de encuentro entre la atención a las necesidades básicas de la población vulnerable, la generación de más y mejores oportunidades para todos, y terminar con las marcadas diferencias de clases que frenan a nuestra sociedad. No hemos logrado generar un diálogo que sirva de base para construir una comunidad más sólida, ni más fuerte, ni capaz de comenzar a cimentar ese camino hacia el México de unidad que muchos soñamos.

Como corolario a este Debate Puntual, extiendo mi solidaridad con todos los servidores públicos que, sin sustento ni argumentos, son agredidos y difamados a diario a través de las redes sociales. Son ellos quienes siguen construyendo, primero, el gobierno federal desde sus muchas y variadas esferas y, segundo, el andamiaje para mantener al país en movimiento hacia un futuro mejor. Millones de esos servidores públicos no protagonizan las conferencias matutinas, difícilmente son mencionados en público por los titulares de las instituciones para las que trabajan; no obstante, sobre sus brazos está la responsabilidad de continuar con el crecimiento de México.

De igual forma, extiendo mi reconocimiento a Aristóteles Núñez, servidor público ejemplar. La presente columna fue inspirada por la carta que, el fin de semana, publicó Aristóteles en su cuenta de Twitter. La misiva, dirigida a Andrés Manuel López Obrador, estuvo acompañada de un hilo de tuits donde se habla, entre otras cosas, del daño que están causando las redes sociales, en general, a la democracia. Sus textos exhiben hasta dónde llegan los excesos de la desinformación y las ofensas en estos medios, en un total despropósito opuesto a las razones para las que fueron creados. Como Aristóteles, creo que es importante hacer un examen de conciencia, una pausa que nos permita reflexionar, que nos encamine a la construcción de una transformación, ni la primera, ni la cuarta, sino la definitiva, una de mexicanos decididos a ayudarse a crecer.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.