Tlahuelilpan: un respiro para López Obrador
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Tlahuelilpan: un respiro para López Obrador

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Tlahuelilpan: un respiro para López Obrador

21/01/2019

El accidente de Tlahuelilpan ocurrió en medio de la errática estrategia contra el huachicol del gobierno federal, a escasas dos semanas del inicio de la primera crisis del sexenio, y cuando el fantasma del desabasto apenas comenzaba a disiparse en las mentes de los habitantes de las ciudades afectadas. Podemos coincidir en que no existe un tiempo oportuno para la tragedia, aunque es probable que discrepen en las oficinas de Palacio Nacional.

Pocas cosas llaman la atención de la ciudadanía como un titular que reza una cifra de muertos de dos o más dígitos. Más allá del dolor de los deudos y de la empatía humana, el morbo alimenta el consumo de noticias: dependiendo del tamaño del desastre será el éxito de la información difundida. Si a eso sumamos que la información oficial -esa que se rinde, particularmente, en las famosas aunque evasivas conferencias matutinas- fluye todavía menos que en los ductos cerrados de Pemex, entonces surge el escenario ideal para la suspicacia y la duda.

Ahora que la atención de los mexicanos está fija en Tlahuelilpan, y mientras los medios difunden los videos previos y posteriores a la explosión, el gobierno de Andrés Manuel López Obrador puede celebrar un acierto en sus primeros 50 días de gobierno: ya no se habla del desabasto, ni mucho menos de la designación del #FiscalCarnal, tan temido por la oposición en tiempos de Peña Nieto, y abrazado por el mismo sector que hoy apoya al gobierno en turno.

El presidente y el fiscal general pueden descansar por ahora, gracias a que las acusaciones sobre la designación a modo de (uno más) de los funcionarios con más poder en el país quedarán opacadas por la nueva responsabilidad adquirida por Alejandro Gertz Manero: iniciar la investigación para la extinción de dominio en los predios que estén vinculados con el robo de hidrocarburo en Hidalgo.

Algunos dirán que cuánto sospechosismo. Es verdad: todo lo que ocurra a partir de la declaración de guerra en contra del huachicoleo de López Obrador estará rodeado de un halo de suspicacia. Se pensará mal prácticamente todo, como lo que ocurrió el día de ayer, cuando encontraron sin vida a uno de los líderes del robo de combustible en el Valle del Mezquital, región conformada por 28 municipios de Hidalgo, entre ellos, el ahora reconocido Tlahuelilpan.

También se cuestionará en ciertos círculos el actuar de las fuerzas armadas que, en el discurso de AMLO, cumplieron protocolos al no intervenir físicamente para frenar a quienes se abastecían de la fuente de combustible, mientras que el secretario de la Defensa Nacional mencionó que los elementos fueron superados en número por los pobladores y, por ende, se replegaron para evitar una confrontación. En una desafortunada metáfora, López Obrador aseguró: “no vamos a apagar el fuego con el fuego”. Sostuvo que seguirá confiando en la gente y que, aunque un hecho como el de Tlahuelilpan es “doloroso y lamentable”, paulatinamente irá desincentivando tales prácticas.

Las conferencias matutinas, contrario a lo que nos quieren hacer creer, no están diseñadas para informar a la población. Su fin es menos altruista: marcar agenda y establecer las líneas propagandísticas del gobierno. Un hecho desafortunado -como el de la reciente explosión en Hidalgo – se vuelve muy afortunado para los fines del Ejecutivo: ahora puede dejar de capotear los temas indeseables mientras refuerza su discurso contra la corrupción y reitera su voluntad de combatir el huachicoleo.

No podemos evitar resaltar las similitudes de la guerra de AMLO con la guerra de Calderón, que si bien difieren, hasta ahora, por el uso que cada uno dio al Ejército, coinciden en los 'propósitos loables' por los que iniciaron: la erradicación de plantíos ilícitos en el calderonato es suplantada por la extinción de dominio en terrenos usados para robar o almacenar combustible; la ubicación y desmantelamiento de puntos de venta de drogas ha cambiado por el reconocimiento de ductos perforados y el aseguramiento de instalaciones de Pemex por elementos de la Sedena; la lucha contra la pobreza del discurso de Calderón se reemplazó con la atención a las causas que suman a miles de mexicanos a las filas del crimen organizado. Frente a las audiencias, discursos y buenas intenciones.

A la tragedia, el gobierno responde con disculpas por los “sacrificios, daños y molestias” ocasionados por o durante su “lucha contra la corrupción”. Una coincidencia más entre homólogos: para López Obrador, la muerte de más de 80 personas es un daño, una molestia, un sacrificio, como para Calderón lo fueron los “daños colaterales” de la guerra contra el narco. Para uno, el fin loable era mejorar la seguridad pública; para el otro, acabar con la corrupción.

Desafortunadamente, pocas personas están atendiendo los temas relevantes, y muy pocas voces están hablando de la falta de transparencia del nuevo gobierno. Las conferencias matutinas dan la impresión de apertura, mientras que la información ofrecida sigue siendo insuficiente para generar confianza y terminar de una vez por todas con la suspicacia.

Dejo, para nuestro Debate Puntual, las siguientes preguntas: ¿cuánto se ha pagado por el arrendamiento de pipas para atender el desabasto? ¿En verdad, Jiménez Espriú está siendo beneficiado de forma indirecta por la renta de dichas pipas? ¿Cuánto está costando la implementación de la 'estrategia' contra el huachicol? Volviendo al afortunado Gertz Manero: ¿en verdad habrá Fiscalía autónoma? Las preguntas se arremolinan, aumentan la oscuridad, y en el gobierno agradecen que la atención, por 72 horas, sea casi exclusivamente para la tragedia de Tlahuelilpan.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.