La incomodidad de ser presidente
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La incomodidad de ser presidente

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La incomodidad de ser presidente

03/06/2019

Algo pasa con los gobiernos hoy en día. No importa la historia ni la geografía: relatos de gobiernos cuestionables se replican por todo el mundo, como si la humanidad fuera incapaz de aprender de sus errores anteriores.

En las contiendas electorales a todos los niveles, la consigna de cada candidato parece ser ganar por ganar. No importa cuáles son sus mensajes, sus promesas de campaña, los supuestos ideales por los que dicen luchar: sólo importa alcanzar el título. Conseguir la llave a las cámaras del poder, para ellos, lo vale todo.

Sólo bajo esa línea puedo entender que encontremos en los más altos puestos del gobierno a hombres irascibles, indiferentes hacia los derechos humanos, preocupados por atender sus propios intereses y validar sus ideologías antes que atender las necesidades de los ciudadanos que gobiernan.

Lo pienso por la nueva amenaza de Donald Trump de imponer aranceles a varios productos de importación que salen de México hacia Estados Unidos. Imposible separar este exabrupto de las próximas elecciones presidenciales en el país vecino. Frente a la opinión pública, frente a sus electores, es muy fácil culpar a México de las olas de migrantes que atraviesan nuestro territorio en busca de oportunidades que no existen en sus naciones de origen.

Usar la migración como pretexto le ahorra explicaciones engorrosas sobre la política exterior estadounidense, sobre la propia incapacidad presidencial de generar acuerdos con su Congreso, o hablar francamente sobre cómo gobierna usando sus prejuicios como bandera. Además de que lo anterior golpearía directamente a su amada marca personal, le restaría puntos en la contienda electoral por la que lleva meses en campaña.

Pero a Trump se suman otros presidentes cuestionables: Bolsonaro que, a través de amenazas de su Ministro de Educación, intenta frenar la asistencia de profesores y estudiantes brasileños a las marchas en contra del recorte al presupuesto para las universidades. Una más entre las numerosas polémicas que ha desatado el presidente de Brasil: se pronunció favorablemente sobre la dictadura militar que sufrió ese país por casi veinte años en la segunda mitad del siglo XX; se ha opuesto a que se reconozca a Brasil como un país abierto al turismo gay; propuso una política más laxa para el uso de armas por parte de los ciudadanos brasileños; se le conoce por sus ideas machistas y su pensamiento ultraconservador.

No podemos dejar fuera de la ecuación a dictadores bien conocidos, como Nicolás Maduro en Venezuela, Kim Jong-Un en Corea del Norte, o, hasta hace un par de años, Robert Mugabe en Zimbabue. Son sólo 3 nombres en una lista de alrededor de 49 países que, en 2018, contaban con un dictador o un régimen autoritario. Con tal de preservarse en el poder, distintos personajes han apostado por aislar a sus naciones del exterior, limitando el flujo de información, los derechos humanos y la movilidad de sus ciudadanos. Promover el nacionalismo extremo como lo hace Trump también se vuelve seña de un dictador en ciernes. Desafortunadamente esto se replica en países que, por su relevancia en la economía global, sólo son parcialmente cuestionados por la opinión internacional: China y Rusia son ejemplos claros.

Lo que me queda claro es que todos estos gobernantes pertenecen a lamentables tradiciones que estuvieron vigentes en el siglo XX pero que no deberían tener lugar en el siglo XXI. Hoy, todos ellos intentan luchar contra los medios de comunicación y las redes sociales (China y Corea controlan casi totalmente el acceso a internet en su territorio). Las medidas para mantener a la población en la ignorancia parecen ser cada vez más extremas y costosas, pero muchos están dispuestos a asumir lo necesario para permanecer en el poder.

Debemos preguntarnos por qué siguen proliferando esos liderazgos polémicos después de los terribles ejemplos de dictaduras y gobiernos incómodos anotados en la historia moderna del mundo. Faltan reflexiones más constantes y profundas entre la ciudadanía; falta creer menos en los políticos milagro y más en la construcción de comunidades activas, participativas, preocupadas en el bienestar común; falta estar atento al actuar de los gobiernos, ser críticos, ser parte de las soluciones. Faltan muchas cosas, es verdad, por lo tanto, urge que comencemos a comportarnos como actores indispensables de la democracia.

Un mal gobierno no es una enfermedad cuyos males pueden desaparecer tras un par de días de reposo y cuidados. Las consecuencias de malas decisiones gubernamentales pueden afectar a varias generaciones y derrumbar los cimientos que llevaron décadas construir. Las actuales decisiones de Trump hacen indispensable que esto se vuelva parte de un Debate Puntual constante en México y en el mundo. Los vínculos políticos y comerciales entre las naciones permiten que un mal gobierno se vuelva epidémico y se replique en más países. Sólo los ciudadanos podemos detener su avance.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.