Gobernar con conocimiento de causa
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Gobernar con conocimiento de causa

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Gobernar con conocimiento de causa

13/05/2019

Es difícil la tarea de gobernar. Quien crea lo contrario, no ha estado lo suficientemente cerca de una oficina donde se toman las decisiones que tienen impacto sobre las vidas de cientos de miles o millones de personas. ¿Por qué, si se sabe que es una tarea difícil, hay miles de interesados que, cada periodo electoral, aplican para obtener un cargo público del más alto nivel?

Pensemos positivamente y supongamos que algunos de los que sueñan con ser alcaldes, gobernadores o presidentes tienen las mejores intenciones: desean mejorar su comunidad, su ciudad, la calidad de vida de sus gobernados. Incluso con las mejores intenciones, ¿cuántos de ellos tienen la capacidad real de gobernar?

De los miles de candidatos que aparecerán en las boletas en un año electoral determinado, nos hemos quedado con un número muy reducido de postulantes: los honestos que tienen la capacidad de gobernar. Ambas parecen cualidades más que suficientes para vencer en las elecciones, pero resulta que cuando llegan al cargo se enfrentan con algo más grande y que siempre nos sobrepasa a todos: la realidad.

Hace unos días, trascendió en las columnas políticas que Claudia Sheinbaum, frente a los alcaldes de la CDMX, aceptó que el problema de la inseguridad es mayor de lo que creyó, y que el plazo para poder entregar resultados favorables en ese rubro sería más largo del estimado. También surgió la versión de que el actual alcalde de Coyoacán jugaba con la idea de abandonar su cargo debido a la presión mediática que había enfrentado, ya por sus decisiones o por las de colaboradores cercanos.

En los dos casos, pensando lo más positivo de cada persona nombrada, podemos ver que no contaban con diagnósticos certeros y confiables para la toma de decisiones, o que no tenían una idea clara de lo que significaba gobernar y darle una respuesta efectiva a los problemas. Llegaron al gobierno, ¿y después?

Desafortunadamente, con cada cambio de gobierno, incluso si el victorioso pertenece al mismo partido que gobernaba con antelación, parece que se hace un reset y se tiene que empezar de cero. En algunos casos, el hecho de querer borrar de un plumazo todo lo que hizo la administración anterior es decisión de quien gobierna. En otros, los nuevos gobiernos se enfrentan con cifras maquilladas o datos faltantes que implican la realización de nuevos diagnósticos (con cargo al erario) para conocer la magnitud de los problemas que se habrá de enfrentar, y el cambio de rumbo total parece la única salida posible.

No tiene nada de malo reconocer que un problema es mayor de lo que uno se imaginó. Los seres humanos nos enfrentamos a ello de forma cotidiana, y quienes gobiernan no pueden evadirse de esa realidad. Sin embargo, la falta de una legislación que exija continuidad entre los proyectos de una administración y su sucesora, así como la ausencia de mecanismos o instituciones que puedan llevar diagnósticos certeros constantes sobre los problemas que enfrenta un municipio o una entidad, ponen en aprietos y dificultan el avance de las soluciones que quiera implementar el nuevo ejecutivo local, estatal o federal.

A pesar de que nuestro sistema democrático es notable, la forma en la que se desarrollan las campañas políticas (en particular, la forma en la que se usan los recursos públicos) y lo que implican los procesos de transición entre un gobierno y otro (todas las posibilidades de ocultar información que pueda perjudicar a quienes abandonan el cargo) nos colocan en medio de un pantano del que la democracia no logra salir.

Tiene que ver con corrupción, sí. También con que el cargo público se vuelve un tema aspiracional y los recursos del erario son el botín que, al parecer, muchos quieren alcanzar, ya sea para incrementar sus propias arcas o para utilizarlo directamente en la autopromoción. En todo caso, es lamentable que se crea que es fácil gobernar y que se minimicen los problemas cuando se ven desde fuera. Ningún conflicto que enfrenta una población puede ser pequeño, y esto debe ser la premisa con la que se llega a gobernar.

Para un cambio, propongo en este Debate Puntual reflexionar sobre cómo votamos y qué exigimos a nuestros gobernantes. Ya he reiterado en otras ocasiones la importancia de involucrarnos en la política, más allá de criticar todo aquello que no concuerda con nuestra forma de ver el mundo. No podemos seguir yendo a las urnas con la idea de que votamos en un concurso de popularidad o de cofradía: votar por el más conocido o el que forma parte de nuestro partido. Es irresponsable y nos empuja más lejos en esta deriva en la que estamos.

Hay que humanizar y ciudadanizar la política. Como humanos, los gobernantes serán tan falibles como cualquier otro, por ello tendrán que reforzarse los mecanismos estadísticos que les ayudarán a tomar decisiones. Necesitamos también de ciudadanos activos, que observen, analicen, exijan, cuestionen. Sin este binomio, seguiremos con gobiernos incapaces o inexpertos, superados por la realidad o desinteresados totalmente de ella. En ese marco, no importará por cuántas supuestas soluciones votemos, las cosas simplemente no van a cambiar.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.