Discurso vs realidad
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Discurso vs realidad

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Discurso vs realidad

01/07/2019

Cada vez es más común: al caminar por la calle, en la mesa de junto a la hora de la comida, en el transporte público y en las pláticas con los conductores de las aplicaciones, en todo momento me encuentro con gente inconforme por cómo están las cosas hoy en la ciudad y en el país.

Primero, la inseguridad: si hemos sido afortunados porque hemos escapado a las garras de la delincuencia, seguro contamos con una lista cada vez más larga de familiares y conocidos que, de una o muchas formas, han sido víctimas de los criminales. Segundo, el dinero: parece que el mismo salario alcanza para menos cosas que en años anteriores, los restaurantes y las tiendas pierden clientela, los empresarios ven que las cosas se mueven a marchas forzadas; todavía no hay confianza para aumentar las inversiones y, por el contrario, se apuesta por los recortes. De esto último emana el tercer punto: el desempleo. Personas que llevan 6 u 8 meses tocando puertas, enviando currículums, preguntando con conocidos por una oportunidad.

El ciudadano promedio no es doctor en economía ni finanzas. Los argumentos sobre Pemex, sobre las calificadoras, sobre la inversión extranjera o las tasas de interés le son indiferentes: él o ella quieren vivir en paz, quieren que el dinero les alcance, por lo menos, para lo mismo que hace unos meses o, si se puede, para más. En general, los ciudadanos buscamos tranquilidad física y mental: no temer por salir a la calle, ni temer por llegar en ceros al final de la quincena.

¿Por qué el presidente es tan optimista cuando en las calles aumenta el pesimismo? ¿Por qué los datos que circulan siempre son distintos a los que él tiene, incluso cuando los que recibe la ciudadanía vienen desde su gabinete? ¿Cómo creerle a él, o a la Jefa de Gobierno o a cualquier otro personaje en el poder cuando aseguran que las cosas están bien, si en la práctica vemos algo totalmente distinto?

Quiero ir más allá de la polarización política que reina en las redes sociales. Cada vez se vuelve menos sorprendente y menos interesante que gente progobierno luche encarnizadamente con los opositores. Parece que en las redes nacen y mueren los debates, sin conclusiones que sirvan para sacar al país del marasmo.

Me interesa más pensar por qué existe este sentimiento de pesadez fuera del círculo de seguidores del partido en el poder. Con miras al festejo que tendrá lugar en unas horas, me pregunto si es pertinente una celebración masiva (y que querían llevar a todos los hogares a través de cadena nacional obligatoria) cuando los ciudadanos perciben que el país lleva 7 meses estancado y no se ve cuándo recomenzará el movimiento.

¿Vale la pena festejar cuando el propio gobierno está mandando a la Guardia Nacional a atender una crisis migratoria y otra de seguridad? ¿Es prudente una fiesta cuando se exige la austeridad republicana a todas las dependencias federales? ¿Acaso la celebración del triunfo de un partido casi monopólico del poder no abona a la polarización política del país?

Me gustaría llegar a ese punto en el que los resultados del trabajo gubernamental están a la altura de su discurso. Ahí, nadie podría cuestionar una celebración: probablemente, una gran mayoría de los ciudadanos estaría dispuesta a sumarse a los festejos. Con un jefe del Ejecutivo que día tras día repite que le dejaron un cochinero, que está trabajando a contracorriente, que por todos lados hay enemigos que quieren detener su labor, me parece hasta vanidoso que se llame a celebrar una victoria electoral a un año de ocurrida.

¿Qué podemos decirle al conductor, al comensal de la mesa de junto, a los del asiento del frente en el Metro, cuando comparten su desesperanza con sus interlocutores? El gobierno, en su Debate Puntual, debería ser capaz de responder esta pregunta, sin juegos de palabras ni sobrenombres jocosos: para la tranquilidad de la ciudadanía, el Ejecutivo necesita resultados, no sólo los esbozos de un plan.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.