Una estrategia fallida
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Una estrategia fallida

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Una estrategia fallida

14/01/2019
Actualización 14/01/2019 - 11:50

El presidente fue muy claro: “Van a tardar seis años si hacen bien el trabajo, si no vámonos pa’ fuera”. Con pésimos resultados a la vista, Octavio Romero Oropeza, actual director de Pemex, debe dejar su cargo por incompetente.

Ingeniero agrónomo sin experiencia en el sector, Romero Oropeza llegó a su cargo por ser amigo y paisano del presidente, prendas muy pobres para dirigir a la más importante empresa pública del país. Ya cumplió su ciclo y debe marcharse.

Nadie pone en duda la necesidad de combatir el robo de combustible. Pero la forma en que se implementó esa lucha ha sido desastrosa. Hasta hace unos días, las pérdidas por la falta de combustible alcanzaron los 940 millones de pesos sólo en el estado de Guanajuato. Coparmex ha anunciado que las pérdidas de sus empresas asociadas representan mil 200 millones de pesos. En un país “en crisis”, como ha señalado López Obrador, y con el desempleo en ascenso (368 mil puestos se perdieron en diciembre), sería irresponsable conservar en su puesto a alguien tan manifiestamente incompetente.

Para tratar de aminorar los efectos del gigantesco embrollo en el que ellos mismos se metieron, funcionarios de Pemex viajaron la semana pasada a Nueva York para reunirse con inversionistas. “(Hubo una) falta de claridad en el programa de financiamiento y sobre cómo alcanzarán los objetivos de producción”, dijo uno. “Estamos bastante decepcionados por la falta de una estrategia cohesionada”, afirmó otro. Según inversionistas japoneses, “no explicaron una situación creíble sobre la situación de la petrolera”. Refiriéndose a Alberto Velázquez, director financiero de Pemex, uno de los grandes inversionistas fue directo: “Es un problema de López Obrador, él lo eligió, tiene que irse” (Reforma, 11.Ene.19).

De acuerdo con lo que hemos visto de su “estilo personal de gobernar”, no es probable que López Obrador despida a su paisano. Entre otras cosas porque, no nos engañemos, la estrategia contra el robo de combustible la diseñó el propio presidente. Él es el responsable en última instancia de las pérdidas multimillonarias por falta de combustible en doce estados de la República, de las millones de horas perdidas en las largas colas de las gasolineras.

Gran parte del problema radica en la forma deficiente en la que el gobierno comunica sus acciones. El vocero del gobierno, Jesús Ramírez, quedó prácticamente nulificado. Su aislamiento lo ha llevado a tomar acciones equivocadas. Como se sabe, las secretarías ya no tienen Departamento de Comunicación, todo quedó centralizado en la oficina de Ramírez Cuevas. De ahí salió el viernes pasado un cartel con la efigie de Lázaro Cárdenas, en el que se pide que “apoyemos al presidente Andrés Manuel López Obrador” en esta crisis, lo cual expresamente viola el artículo 134 constitucional, que prohíbe incluir el nombre de cualquier servidor público en la propaganda oficial. Muy desesperados deben de estar para violar flagrantemente la ley.

Es loable la determinación de López Obrador de combatir el robo de combustible. Pero sin duda contradice sus acciones anteriores. ¿Por qué es malo robar combustible y en cambio es bueno robarse la luz? López Obrador, como candidato, alentaba incluso ese robo. “Pongan diablitos”, le decía a la gente en Tabasco.

El gobierno ha venido repitiendo que no se trata de una medida improvisada. Más nos valdría pensar que sí se improvisó (para salir del atolladero en el que se encontraban por la misteriosa caída del helicóptero en Puebla), de otro modo tendríamos que considerar que fue una estrategia planeada que –juzgada por sus resultados: desabastecimiento y ningún alto funcionario de Pemex y su sindicato detenido– ha sido un absoluto fracaso.

Como ha señalado en estas páginas Salvador Camarena, se trata de un problema de confianza. El presidente dice “no hay desabasto” y al oírlo la gente sale en masa a comprar gasolina porque no cree en su palabra. Esto se debe a sus reiteradas contradicciones. Tanto López Obrador como Claudia Sheinbaum (que actúa como su subordinada y no como jefa de Gobierno de la CDMX) se contradicen en sus propios discursos. Comienzan afirmando con énfasis que no hay tal desabasto, y apenas minutos después dicen que el desabasto se debe a tal o cual motivo. Al escucharlos, el ciudadano no lo piensa dos veces y corre a la gasolinera más cercana dispuesto a pasarse horas para cargar combustible.

Cuando el ciudadano advierte que el gobierno miente y se contradice, cuando el ciudadano escucha decir al presidente que todo está bajo control y al mismo tiempo ve que los voceros violan la ley para pedir apoyo al presidente, comienza a funcionar en automático un proceso de desconfianza.

Una de las posibles salidas está a la mano. Si el vocero, si la secretaría de Energía, si el director de Pemex no pueden con el encargo, “vámonos pa’ fuera”.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.