Sin plan coherente, sin destino
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Sin plan coherente, sin destino

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Sin plan coherente, sin destino

02/09/2019

Una sociedad enferma –desigual, corrupta– eligió mediante el viejo método de las urnas a aquel que agravaría su enfermedad.

Desde antes de las elecciones de 2018, las encuestas señalaban que los mexicanos teníamos en muy poca estima los alcances de la democracia (Informe Latinobarómetro 2017); que el voto sería para un populista iliberal no necesariamente honesto, que no veíamos mal como sociedad a un mandatario de mano dura (Nación 321, 3/Nov/17). Eso queríamos y eso obtuvimos. Por eso los niveles actuales de aceptación del Presidente rondan el 70 por ciento.

No es una cifra atípica para un gobierno en sus primeros nueve meses. Hace seis años, con el Congreso dominado por una vasta alianza conocida como Pacto por México, se veía al PRI como una fuerza hegemónica que dominaría la escena política varios sexenios. Todos sabemos dónde terminó el PRI seis años después: en el basurero de la historia, varios de sus miembros perseguidos por la ley.

A comienzos de 2018 varias casas encuestadoras lo mostraron: la mayoría de los mexicanos prefería un gobierno eficiente que uno honesto. Luego de nueve meses de gobierno podemos darnos cuenta de que eficiente no ha sido: con la economía estancada y la inseguridad imbatible, con todo y la Guardia Nacional en activo y las becas disuasivas. Han sido eficientes sobre todo en el manejo de símbolos. El actual es un gobierno capaz de hacer creer que es más importante la venta del avión presidencial (que no se ha vendido y por el que seguimos pagando un alto costo de alojamiento) que el desabasto de medicinas.

La falta de sanciones en el caso del exsuperdelegado Carlos Lomelí y sus multimillonarios contratos, el escándalo de Manuel Bartlett y su imperio inmobiliario: la impunidad en la cúpula no espanta a los fieles. Lo importante es garantizar el uso de la propaganda mediante la televisión, que ahora le ofrenda cabezas por favores al gobierno. Todo esto mientras se extiende un silencio ominoso en torno a asuntos de gravedad extrema.

En primer lugar, la falta de resultados en la inexistente investigación que debió hacerse luego de la muerte de 114 personas en Tlahuelilpan. Ancianos, mujeres, hombres y niños calcinados. ¿Y la investigación? No se hizo. A estas alturas sabemos que sí había desabasto de combustibles, que el Presidente mintió, que la lucha contra el huachicol fue una pantalla... Luego está el caso del helicóptero en Puebla. Es común, dicen, que se caigan los helicópteros. Casualmente –era un día claro, los pilotos eran expertos, la nave acababa de recibir mantenimiento– el helicóptero que se desplomó fue el del principal opositor del Presidente en el Senado y el de su esposa, recién electa en una elección descalificada por el mandatario. El desplome ocurrió convenientemente para que pudiera de nuevo contender el candidato perdedor de Morena y, ahora sí, asumir la gubernatura. ¿Y la investigación? La Marina dictaminó ese mismo día que no había presencia de explosivos y Alfonso Durazo al día siguiente afirmó que había sido una falla técnica. Prometieron una investigación. Nueve meses después han sido incapaces de dar sustento a una “falla técnica”.

Dos de los hechos más graves de este sexenio siguen sin respuesta. O bien la respuesta es cero, como el crecimiento económico ahora declarado intrascendente por el hombre más rico de México. El tercer caso corresponde a la matanza en Coatzacoalcos, que ocurrió con la Guardia Nacional ya instalada en esa ciudad. El gobierno federal liberó hace pocos meses a un acusado de incendiar bares. Resultado: volvió a prenderle fuego a un bar y provocó la muerte de 30 personas. Todo esto en medio de una absurda confrontación política entre el Presidente, el gobernador y el fiscal del estado.

La gente votó por este desorden, opinión que refrenda el alto nivel de popularidad de este gobierno. El país se ve reflejado en las equivocaciones, los otros datos falsos, las mentiras, los apodos, la impunidad, la falta de eficacia, el bullying presidencial contra la prensa. La sociedad se reconoce en un gobierno que viola la ley todo lo que se pueda, que se contradice por sistema, un gobierno mediocre, sin plan coherente, sin destino.

Los mexicanos en 2018 no valoramos, según las encuestas, el sistema democrático: el premio de esa desconfianza es un Presidente que tiene poco apego a las formas democráticas, que usa clientelarmente los programas sociales, contrario a la transparencia, que quiere el control y la supeditación del INE en 2021.

Casi 70 por ciento de aceptación. A la gente le gustan las mañaneras. Cómo no, si miente como uno. Se equivoca como yo. Pone apodos, calumnia, engaña, le quedan grandes los pantalones: un gobierno a la mexicana. Autoritario, poco democrático. No muy honesto. Morena, un PRI actualizado. Están construyendo un nuevo sistema frente a nuestros ojos. Una nueva máquina de dominación política. Una suerte de liberalismo en lo económico, con vocación social, autoritario en lo político. Aspiran a gobernar por décadas. No lo van a tener nada fácil.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.