Presidencia con gorgojo
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Presidencia con gorgojo

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Presidencia con gorgojo

01/07/2019
Actualización 01/07/2019 - 13:54

Un año después de las elecciones, México es un país más inseguro, con la mayoría de los indicadores económicos a la baja, un país en el que el presidente pasa por encima de la ley cuando lo necesita, que insulta a la prensa mientras la asfixia económicamente, un país en el que no ha disminuido la pobreza extrema, no se ha acortado la desigualdad, un país que sigue siendo corrupto, conducido por un gabinete mediocre y sin experiencia, un gobierno que cotidianamente divide y confronta.

No debemos olvidar que López Obrador ganó la presidencia con la ayuda de Peña Nieto, que emprendió una campaña para difamar y descarrilar al candidato del Frente. De un padrón de casi 90 millones de ciudadanos, votaron por López Obrador poco más de 30 millones: uno de cada tres votantes registrados, un tercio del electorado. La gran mayoría optaron por otras opciones o no votaron. Un tercio de los posibles votantes (muchos de ellos hoy arrepentidos) hicieron posible que México viva uno de sus momentos de mayor incertidumbre.

Quizás el riesgo mayor lo corre actualmente el Instituto Nacional Electoral (INE). Con el pretexto de la austeridad republicana pretenden modificar su estructura. Primero desnivelan la cancha electoral con la política de entrega de apoyos personalizados y luego pretenden modificar la estructura del INE para garantizar su control. ¿Si no podemos votar confiablemente para cambiar de gobierno, qué nos espera? Lo que sí podemos esperar, con la militarización de la frontera, es el recrudecimiento de los enfrentamientos contra la recién formada Guardia Nacional. Hay reportes de migrantes transportando paquetes de droga. Además del riesgo que entraña el combate contra y el contagio de la Guardia Nacional con el crimen organizado. En un contexto en el que el comandante supremo de las Fuerzas Armadas es forzado a pactar con el gobierno norteamericano las bases de nuestra actual política migratoria. Esto es lo que viene, supervisado cada ciertas semanas, por el gobierno de Donald Trump.

No deja de llamar la atención que tres de los afanes más personales del presidente tengan su origen en posiciones liberales o conservadoras, no en posiciones de izquierda. El reparto en efectivo lo propuso Gabriel Zaid en El progreso improductivo (1976), quizá inspirado en el impuesto negativo de Milton Friedman. La lucha contra la corrupción la encabezó durante años Acción Nacional, un proyecto político conservador, basado en la moral. El tercero de los proyectos tiene que ver con la firma del TMEC, un tratado neoliberal por excelencia. El presidente es un hombre de principios, de principios de origen liberal o conservador. En este marco debe entenderse también las siguientes acciones: otorgar canales para la difusión de la Iglesia evangélica, el reparto de la cartilla moral en los templos y el encargo presidencial para que las iglesias de todo signo contribuyan a la reconstrucción del tejido social desgarrado por la violencia. El laicismo institucional, según se ve, le hace al presidente López Obrador lo que el viento a Juárez.

Paradoja dictada por la circunstancia: los más identificados con los gobiernos bolivarianos han tenido que pactar (y no se sabe si el tema venezolano ha estado o estará incluido en las conversaciones) con el gobierno norteamericano. Con vocación sudamericana, la realidad le ha impuesto al gobierno el trato agresivo de nuestros vecinos del norte.

Once controversias constitucionales. Siete acciones de inconstitucionalidad. Miles de amparos indirectos. “Las estadísticas disponibles sobre acciones de inconstitucionalidad y controversias constitucionales revelan que estos medios de control de constitucionalidad se elevaron desproporcionadamente, en el primer caso de 14 a 69, y en el segundo, de 49 a 176”, según afirman María Amparo Casar y José Antonio Polo (Nexos, 26/Junio/19). Más que un presidente que construye, López Obrador se ha caracterizado por destruir: es el caso de la suspensión del nuevo aeropuerto, la reforma educativa y los contratos para atraer inversión privada en Pemex. Lo que ha construido –el sistema de reparto de dinero en efectivo a ciertos sectores de la población– es efímero, proyectos de cuatros años. El dinero que ahora se reparte se dejará de repartir. Es aún prematuro para saber si este masivo reparto en efectivo logrará reactivar el mercado interno, si consigue mejorar el rezago y cerrar la brecha de la desigualdad.

Un país gobernado por ocurrencias. Apenas se votó el Plan Nacional de Desarrollo. La primera mitad del plan corresponde directamente a la Presidencia. Ocurrencias, ideas encontradas, planteamientos equivocados. Ese es el sentido que le ha impuesto al quehacer público del país la presidencia de Andrés Manuel López Obrador.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.