Leer es poder

Nuevo orden

La razón por la que López Obrador modificó su discurso primero, en el que gobernaría apoyado por el pueblo, a un discurso en el que cimenta su gobierno con el apoyo de los militares es, literalmente, un secreto de Estado.

De pronto, en medio de una boda, irrumpe con violencia una revuelta popular. Años, décadas de desigualdad, propiciada por la corrupción, estallan en la Ciudad de México. Con el rostro cubierto, decenas de hombres y mujeres mestizos entran por la fuerza a una fiesta de blancos adinerados a robar y, si encuentran la mínima resistencia, a matar. Turbas enfurecidas por el desequilibrio social. Para calmar la situación aparecen los militares. Ponen orden y generan abusos. Ejercen la violencia contra los de abajo y los de arriba. Acallan la violencia con una violencia mayor. Es el nuevo orden.

Toda película (toda obra de arte, mejor dicho: toda obra humana) es reflejo de su tiempo. La más delirante obra de ciencia ficción o la película más intimista, es hija de su contexto. En el terrible año de la pandemia se proyectó en salas semidesiertas (y hoy puede verse on line) la más reciente cinta de Michel Franco, Nuevo orden. Retrata masas violentas en contra del injusto estado de las cosas. Las vimos aparecer en Francia con chalecos amarillos y en Estados Unidos con el Black Lives Matter. Las vimos, con mucho mayor orden y concierto, ir a votar en México en 2018. La cinta de Franco no es un retrato de lo que sucede en nuestro país, es una obra distópica. La visión de un escenario posible. La rebelión de las masas sofocada por los militares. Una historia que, con variantes, hemos visto desde Guatemala hasta Argentina; lo raro es que no haya ocurrido en México. ¿Tenemos una cita pendiente con nuestro destino sudamericano?

La película de Franco muestra a los militares en acción. Primero, sofocando la revuelta. Segundo, imprimiendo un toque de queda que castiga sumariamente a quien lo infringe. Tercero, abusando de su poder, con secuestros y ejecuciones. Y cuarto, entrando de nuevo en complicidad con el orden político corrupto que fue la causa de la violencia primera. La cinta de Franco se estrenó y exhibió en el contexto de la creciente militarización de México. Para tenerlo claro: cada paso que se avanza en la militarización es un paso que se retrocede en la democracia mexicana. La fuerza a rajatabla es incompatible con la razón deliberativa. El discurso de la fuerza es vertical mientras que el discurso democrático es esencialmente horizontal. El Ejército impone o refuerza el poder del Uno en detrimento de la república plural.

Algo sucedió que no sabemos. El candidato López Obrador ofreció en cientos de discursos que retiraría a los militares a los cuarteles, para diferenciarse de su némesis, Felipe Calderón. Una vez en el poder cambió drásticamente de opinión. Pisoteó y olvidó sus promesas. Los militares no sólo no fueron retirados a sus cuarteles sino que se llegó al extremo de modificar la Constitución para integrarlos a la seguridad pública. Al principio se dijo que esa medida sería temporal, que se capacitaría a policías para que en pocos años los militares regresen a sus funciones. Luego se dio un nuevo giro, se postergó la capacitación de policías y se anunció que la presencia de las Fuerzas Armadas en la seguridad del país sería permanente. Los resultados están a la vista: atravesamos uno de los periodos de mayor violencia de nuestra historia, con masacres que no cesan. Ahora los militares se hacen cargo, con los abusos que ello entraña, de la seguridad pública, de las fronteras, las aduanas y los puertos, construyen aeropuertos, edifican bancos, siembran árboles y participan en labores de vacunación. La razón por la que López Obrador modificó su discurso primero, en el que gobernaría apoyado por el pueblo, a un discurso en el que cimenta su gobierno con el apoyo de los militares es, literalmente, un secreto de Estado.

A las Fuerzas Armadas que ahora se hacen cargo de la seguridad pública y del combate al narcotráfico, ¿quién podrá regresarlas a sus cuarteles? Además de gozar del presupuesto más alto con que haya contado el Ejército en nuestra historia, cada año vemos aumentar los recursos que se le asignan. Más aún: se ha dispuesto que el Ejército participe de la explotación comercial del aeropuerto de Santa Lucía, lo que abre innecesariamente la puerta a la corrupción. Michel Franco ha hecho una película magnífica, por su realización formal y valentía. Es una película crítica del clasismo y el racismo imperante, crítica de la corrupción política y, al mismo tiempo, una visión sin complacencias de los abusos a los que pueden llegar las Fuerzas Armadas. Antes del arribo de la pandemia el presidente alertó que se fraguaba un golpe de Estado en México. Esto a la par de que varios generales manifestaban públicamente su disgusto con la conducción del país. Se dice que la defensa que López Obrador hizo del general Cienfuegos y su absolución judicial cohesionaron al Ejército en torno suyo. La democracia está en riesgo. Por el talante autoritario del presidente, por el desmedido papel de las Fuerzas Armadas. La película de Franco, como hija de su tiempo, brinda una visión posible de un México que no queremos ver.

COLUMNAS ANTERIORES

Elena o las trampas del poder
La postración de los poderes

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.